El líder máximo «prometió» (permítanme que me descojone discretamente) durante la moción de censura, salir de la Málaga de los sobres de Rajoy, mientras preparaba una visita guiada a un Malagón adornado, eso sí, con otra remesa de sobres preñados con entremeses de chistorras y lechugas.
Me pregunto cómo aún quedan almas cándidas que creen que estas gentes que nos gobiernan tienen algún afán por cumplir con aquello que se les encargó gestionar (los intereses de España y sus habitantes). Izquierda, izquierda, derecha, derecha, alante, atrás, un dos tres. La única ideología que late en el gobierno (actual y pasados) es la del arrimador de ascuas a la propia sardina. Es más, normalmente durante sus mandatos, y a veces después, incrementan logarítmicamente su banco de sardinas; se las llevan incluso de viaje a ciertos paraísos para que continúen reproduciéndose fuera del radar público (detestan a los paparazzi, especialmente los de los pseudo medios).
Muchos de los ministros, y no digamos de los diputados, senadores, asesores (miles de ellos por todas partes), colocados en infinidad de chiringuitos, jamás conseguirían ganar ahí fuera, en las empresas que pagan los impuestos de los que ellos viven, el pastón que nos chulean. En la vida real del currante (por cuenta propia o ajena) de nada valen las palabras huecas, falacias y chorradas que tanto se usan en la vida del atornillado al sillón conseguido por asentir: solo sirve cumplir de manera competente con la tarea encomendada.
Los cargos «ideológicos» de quienes no asumen responsabilidades por sus errores les permiten acceder a un nivel vida muy superior al del de aquellos que les siguen votando con devoción mientras defendien a capa y espada sus burlas y sus trolas.
(Siempre que doy mi opinión sobre los políticos, me siento obligado a aclarar que obviamente estoy convencido de que no todos son como denuncio; solo la mayoría de ellos. Me perdonen pues los justos y cuenten con mi agradecimiento sincero: hay que tener coraje para pelear con honestidad en un medio tan podrido y peligroso para el íntegro o el desinteresado).
Con su permiso añadiré otro apunte sobre la «ideología», esta vez la que atañe a la gente del común, la que no ha pillado «cargo ideológico», pero que quizás si le ofrecieran uno lo aceptaría con gusto, aun a sabiendas de lo que comporta:
Me pregunto cuántas personas aplaudieron a quienes metieron en la cárcel a Urdangarín (me cuento entre ellos), mientras ahora deploran que se castiguen como se merece los chanchullos de la familia del gran jefe (no me cuento entre estos).
Me pregunto si seguiría opinando lo mismo un racista si a su hija la despreciaran por no tener sangre azul.
Me pregunto si seguiría opinando lo mismo sobre la idoneidad de expropiar casas a multipropietarios alguien cuyo hijo heredara cuatro pisos de un extravagante pariente lejano.
Me pregunto si ese individuo que celebra la impunidad del okupa opinaría lo mismo si la casa okupada fuera la suya.
Dos varas de medir. Funciona de cine.
Me pregunto si en algún momento recibirán lo que se merecen los periodistas que han prostituido su profesión cuando a sabiendas de que en el charco flotaban caquitas a porrón, han ocultado la verdad, tergiversando hechos, estableciendo cortinas de humo cuando se requería, haciendo entrevistas masaje y preguntas irrelevantes cuando tocaba echar un capote; todo ello a beneficio de quien paga. «Pagant, Sant Pere canta», oí decir a un amigo menorquín. ¡Qué razón tenía!
Finalmente reclamo algo que considero perfectamente justo: que se privaticen RTVE y las televisiones autonómicas. No alcanzo a comprender por qué debemos pagar los contribuyentes a esa casta de vendidos al poder (tanto local como estatal, según toque). Ya hay suficientes medios para que la gente se informe o se divierta. ¿Por qué tenemos que donar cien mil pavos anuales a los consejeros de un medio que en nada contribuye a mejorar nuestra sociedad? Que se monten una tele privada y laman en ella los culos que deseen.
Prefería que ese dinero fuera (por ejemplo) a mejorar las condiciones de los sanitarios públicos.