Nunca había tenido la oportunidad de embarcarme en una gira de teatro y este año, de la mano de Claudio Tolcachir y acompañando a Lola Herrera y Natalia Dicenta, estoy recorriendo el país llenando todos los teatros con ese sueño que es «Camino a la Meca». Soy plenamente consciente de lo afortunado que soy al participar en un proyecto teatral de la mano de personas fuera de serie que aman y viven el teatro como pocas.
Desde el primer día de ensayos vi que estaba frente a la que es una de las experiencias más hermosas y fascinantes que he tenido y tendré en esta profesión. Ver cómo Lola Herrera o Natalia Dicenta creaban sus personajes de la mano de Claudio Tolcachir, pura sensibilidad y talento, ha sido uno de los mejores regalos que he recibido en esta etapa de mi vida. Estrenamos la obra en Avilés en febrero y estaremos de gira hasta, por lo menos, diciembre del año que viene. Hacer cada semana la maleta para ir a vivir tus sueños con públicos de toda España te permite acercarte y conocer a personas y gentes que se acercan al teatro con sus penas y alegrías a compartir un viaje en el que cada tarde nos embarcamos juntos. Cada teatro, cada ciudad, cada pueblo, vive la función a su manera. En algunos encuentras un público tremendamente respetuoso y también comedido y riguroso a la hora de dar su aplauso. En otros predominan las toses o el sempiterno sonido de algún móvil de alguien que no es consciente de lo molesto que llega a ser estar en un escenario viviendo un momento único e irrepetible y escuchar ese sonido asesino de sueños y realidades oníricas. Lo único que puede parecerse a lo que sentimos los actores en el escenario cuando oímos un teléfono es el desagradable ruido de un despertador cuando te despierta de tu sueño más profundo y feliz.
Ver España desde el escenario te permite captar y entender sus diferencias. De Madrid para arriba raro es el sitio donde dan los cinco minutos de cortesía, de Madrid para abajo, imposible encontrar uno en el que no los den. El tema de los aplausos es un mundo aparte. Cada ciudad, cada pueblo, tiene el suyo. El único denominador común que he vivido en esta gira es el amor infinito que en todos sitios tienen a Lola Herrera, a quien siempre reciben puestos en pie y aplaudiendo a rabiar. Y no es para menos, porque Lola es grande, muy grande y siempre regala a todos una generosidad que no conoce límite. El público lo sabe y, al norte, sur, este u oeste, se une en una preciosa comunión para agradecérselo con el aplauso más intenso que he escuchado en mi vida.