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Avisos para navegantes

Soldados de fortuna y enviados divinos

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¡Me han puesto una multa! ¿Sabes que eso tiene multa? ¡Nos pondrán una multa! ¡He ido a Hacienda y resulta que teníamos una multa! ¿Tú te miras las multas en internet? No, claro, le embargan un tanto por la multa de cuando el confinamiento. ¡Alguien te puede grabar y te pondrán multa! ¡No sabía que tuviéramos una multa del coche que alquilamos en verano! Si pagas de inmediato, te rebajan la multa. ¡Su abogado le ha dicho que esa multa no puede recurrirse! A partir de ahora pondrán multa por esto o lo otro…

He oído todas y cada una de estas frases, así, a mogollón, en el plazo de las últimas dos semanas. No sé ustedes, pero yo me he hartado últimamente del tema de las sanciones administrativas. No hay comida, reunión o festejo dónde no salte alguna multa a la palestra. ¡Parecen ya de la familia! Hasta es probable que mientras alguno traga o celebra le estén poniendo, alegremente, una multa.

Tiene sentido, eso sí. ¿Acaso no recuerdan haber escuchado frases del tipo: se limitará la actividad de tal tipo de pesca, se controlarán los alquileres temporales, se restringirá el tráfico rodado en esta y aquella zona, se regulará el número de estancias turísticas, se reducirá el número de plazas de aparcamiento por aquí y luego por allá, se limitará el acceso a    tal sitio y tal otro en tales y tales horarios, se exigirá el certificado de esto y lo otro para viviendas y cuarteles, se controlará la seguridad mediante el establecimiento de sanciones, se salvaguardará a los menores controlando su acceso a esto o lo otro, incluso, se prohibirá a los mayores sacar sillas de enea a las aceras con el disparatado fin de tomar el fresco?

Recordarán también que siempre hemos aceptado que alguien apostillara estos    pequeños recortes a nuestras libertades: ¡Pues yo lo veo bien, hay mucho exceso en eso!, ¡Es que hay gente que abusa!, ¡Esos han ganado mucho dinero, que los multen!, ¡Claro que lo tienen que prohibir!, ¿Por qué tienen que hacer saltar guijarros en el mar? ¿Y si le dan a un pescado?, ¡A mí me viene muy bien, mi negocio es lo contrario! ¡La gente no sabe comportarse! ¡Hay personas a las que eso le puede resultar ofensivo!, ¡Decir tales cosas es una manifestación de odio! ¡Lo que es yo, prohibiría los atardeceres!

Pues bien, ya hemos llegado hasta aquí. Ya gozamos de todas las prohibiciones, limitaciones y exacciones por las que tanto han clamado el estado mayor de la envidia, el club de los quejicas codiciosos, los herederos legales de las madres ursulinas, los justicieros a través de los visillos y (con permiso de Sergio Rodríguez) los veganos a favor del filetón casi crudo. ¿Estamos más contentos? ¿Vivimos mejor? ¿Hemos construido una realidad más alegre, más sensata o más habitable? Si me preguntan a mí, les diría que no. Yo, como todos, tengo mi propia y secreta prohibición (¡que uno no es de piedra!), yo prohibiría prohibir.

2 Y acabará por haber unos cuantos de este tipo de descontentos. Por un camino o por otro los largos, certeros y afilados dardos de las regulaciones, inspecciones, limitaciones y multas acabaran hiriéndonos a todos y cada uno. No vayan a pensar que por estar en el lado correcto de la historia se recicla siempre adecuadamente; no crean que por amar tiernamente al planeta en que uno vive se encuentra siempre aparcamiento.

¿Cuándo y dónde se limitará el limitar?, ¿Cual es el límite de las limitaciones internacionales, europeas, nacionales, baleares, municipales o vecinales? Habría que saberlo; porque, cuando se transita sin fin por los caminos de baldosas amarillas de la casuística generalizada y se acaba por hacer incomprensible la voluntad normativa general, se encuentra uno con que sus dirigentes, los que ponen las multas, son solo soldados de fortuna o enviados divinos. Y los nuestros lo van pareciendo ya.

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