Lo de la necesidad de reducir el monstruo turístico mallorquín es ya un clamor. Incluso los más partidarios del maná extranjero están hasta el gorro de la decadencia exprés que se ha instalado en las Islas. Y no es por los turistas –aunque semejante avalancha concentrada en tres meses tiene impacto–, sino porque el tipo de negocio requiere miles de brazos para trabajar, sin cualificación y con salarios justitos. Desde el que vigila la piscina hasta el que limpia el jardín o lanza maletas en el aeropuerto. Esa peculiaridad tiene un efecto llamada apoteósico y aquí se presentan a diario cientos de espontáneos pidiendo una oportunidad.
En las redes surgen empresas de inmigrantes que ofrecen servicios de asesoramiento para que otros como ellos sigan el proceso para quedarse. No creo que les cuenten toda la verdad: que tendrán que malvivir en una tienda de campaña debajo de un puente, que en octubre se echa el cierre y te vas a la calle, que la Isla es un lugar hostil si no nadas en la abundancia. Ante este panorama atroz –no creo que tenga marcha atrás-, los jerifaltes del sector hotelero lamentan que se hayan recortado plazas aéreas este invierno y apuestan por mirar a Canadá y Oriente Medio para captar más clientela. Los canadienses aman la playa y el sol, sobre todo cuando en su casa están a 45 grados bajo cero, en enero o febrero. Y marchan –los que se lo pueden permitir– a República Dominicana o a Hawái.
¿Vendrían a Mallorca? Claro que sí, pero seguramente se decepcionarían al encontrar una isla barrida por el viento, a unos templados diez o doce grados, con las zonas turísticas convertidas en un fantasma. Y un reguero de chabolas donde intenta sobrevivir un montón de desgraciados.