En el capítulo tercero (tercera temporada) de la serie «Solo asesinatos en el edificio» (2022/2025), tras una sublime intervención de Meryl Streep cantando una nana, puede escucharse una voz en off en la que se exclama: «Cuando una chispa prende al fin y todo el mundo la puede ver, únicamente quieres estar en el centro de ese fuego». Esa chispa se refiere al teatro (musical para más señas) pero puede hacerse extensiva a la cultura en general e, incluso, a la filosofía y a la ética. La chispa que hiere la sensibilidad de un ser humano y lo mejora. Es, probablemente, la que se debería alimentar ya en los hogares y en los centros docentes frente a un mundo excesivamente tecnificado donde, entre otros elementos, las redes sociales divulgan, casi en exclusividad, contenidos banales o repletos de odio y en donde los contenidos humanísticos han sido mermados. Y en un Orbe que vive hoy, probablemente, uno de sus momentos más delicados de su historia reciente.
La serie a la que aludías, aplaudida con entusiasmo por la crítica, constituye una rara mezcla de cine policiaco, drama y comedia. Aunque irregular –y en algunos momentos histriónica– es, sin embargo, en líneas generales, excepcional. Narra la amistad de un director de teatro y de un exactor caídos en desgracia por la edad, vecinos en un señorial edificio de Nueva York, el Arconia, que entablan amistad con Mabel, otra inquilina. Aburridos, los tres decidirán realizar pódcast sobre crímenes reales hasta que se verán envueltos en uno de ellos. No obstante, la serie trasciende a esa idea inicial y se convierte en una ferviente defensa de la amistad, de diversos valores humanos y del arte como medio para combatir la irracionalidad y crueldad humanas.
Así, la tercera temporada se muda, por ejemplo, en una insuperable descripción de lo que supone el estreno de un musical: la angustia de la inspiración que no llega, el miedo, la ansiedad en el ensayo general, la conjugación de todos los elementos que intervienen en la puesta a punto de la obra, el azar, la financiación del espectáculo, el terror ante el fracaso, la memorización de los textos, etc. Les recomiendas efusivamente que la vean, que contemplen especialmente los capítulos primero, tercero, octavo, noveno y décimo de esa tercera temporada. Si lo hacen, sentirán esa chispa y valorarán en mayor medida el mérito inequívoco que anida sobre un escenario, tras un telón. No obvien, tampoco, el ‘Monólogo de la niñera’ (en los minutos casi iniciales del primer episodio de esa temporada) recitado por Streep, ya que, a tu modesto entender, ese recitado alcanza la perfección absoluta.
Lo que se encuentra en la serie, pues, no es una mera trama policial, sino que, apuntalada en ella, como excusa, esa chispa ayuda a extirpar de los espectadores los odios, los fanatismos, los prejuicios y la transmisión de las miserias que, en mayor o menor medida, padecéis todos… Para que el día de mañana podáis legar a vuestros hijos un mundo en el que la palabra sea más poderosa que un misil, la música más potente que un dron, un corazón conmovido por el arte más persuasivo que cualquier perorata efectuada por algún psicópata con poder, un texto literario más efectivo que una metralleta, etc... Un mundo donde el amor os iguale, de verdad… Esa es, a la postre, la gran fortaleza del arte, que queda inmejorablemente descrita en «Solo asesinatos en el edificio… Chapeau!».