El pasado fin de semana fui al cementerio a llevar flores a mis muertos. Bajo un sol indecente caminé entre las tumbas con la misma soltura de cada año. Conozco a personas que no pueden hacerlo, porque les da miedo. A mí no me pasa. Estoy acostumbrada desde pequeña a acompañar a mis padres en este día tan señalado que, además, suma un año más a mi existencia. No sé si nacer el día de los Difuntos añade algo de pedigrí a mi biografía. La verdad es que no me importa en absoluto, pero yo siempre me he sentido bien durante este paseo. De todas formas, no es lo mismo acudir cuando solo se trata de tus abuelos que hacerlo ahora, cuando mis padres ya son inquilinos eternos del lugar. El domingo me di cuenta de que ya tengo a más gente allí que aquí y tuve la sensación de que mi historia más íntima ya se ha terminado, porque está con ellos, bajo tierra. Lo que me está pasando ahora es como un regalo añadido, que no sé si me tiene reservado algo interesante. Lo que pude constatar fue que el cementerio se ha convertido también en un lugar de espectáculo. No parece que quede nada que ya no sea espectáculo. Te ibas topando con músicos tocando en directo bajo una sombrilla. Una chelista en la entrada principal tocaba una suite de Bach. Y una violinista acalorada descansaba al lado de la fosa común mientras sonaba una pieza de jazz enlatada. Y cuando ya estaba saliendo, reparé en una mujer que tenía unas tarjetas para quienes quisieran escribir algún mensaje que, después, colgarían en ‘el árbol de la memoria’, un pequeño olivo. Fantástico, pensé. Qué será lo siguiente. En fin. Lo sabremos el año que viene.
Hoy es noticiaEs noticia:
Sin comentarios
No hay ningún comentario por el momento.
Lo más visto
Una limpiadora cae por la escalera en la torre de control: «¿Hasta cuándo tenemos que esperar?»
Vueling dice que no le rinde volar a Menorca en invierno: «Es una contribución social»
El ferrocarril de Menorca, un proyecto real de hace más de un siglo
Mama Fiera se estrena en Got Talent dejando boquiabierto a público y jurado