Hay expresiones que repetimos con tanta ligereza que, si nos detuviéramos un segundo a pensarlas, sentiríamos una mezcla de pudor, vergüenza y hasta risa. Una de las más curiosas es el famosísimo «Me cago en…». Lo decimos con la naturalidad con que pedimos un café, pero ¿de verdad sabemos lo que estamos diciendo? «Me cago en tu padre». ¿Puede alguien con dos dedos de frente imaginarse realizando semejante hazaña? Visualicemos la escena, por desagradable que sea: alguien, indignadísimo, buscando al padre de su interlocutor —quizá ya fallecido, quizá ingresado en una residencia, quizá desconocido para un hombre que lo perdió en su más temprana niñez— para… eso. ¿De verdad seríamos capaces de llenar las residencias de ancianos de semejantes fluidos fisiológicos? Ridículo. «Me cago en tus muertos». Aquí ya entramos en terreno literario, porque la frasecita me recuerda el título «J’irai cracher sur vos tombes», de Boris Vian. («Escupiré sobre vuestras tumbas»). Solo que lo nuestro es más escatológico, aunque igual de brutal.
¿Quién en su sano juicio, tras pronunciar tal frase, siente la urgente necesidad de localizar un cementerio, identificar la tumba adecuada y acuclillarse con solemne determinación? Suena más a escena inadmisible de comedia escabrosa que a insulto funcional. «Me cago en diez». Aquí el disparate alcanza su cumbre. Diez, así, como concepto. ¿Hay una cola? ¿Esperan turno? ¿Hay un protocolo? ¿Un reglamento municipal? Todos sabemos que «diez» es un comodín, un eufemismo para algo más sagrado y pronunciable solo en susurros o en los estadios. Pero, conocido o no el referente secreto, la imagen sigue siendo absurda.
La imaginación popular, sin embargo, es pródiga: «Me cago en la mar», «me cago en la leche», «me cago en la olla que te coció», «me cago en la luna», «me cago en tus muelas» e incluso «me cago en la sopa boba». No hay ámbito del universo —ni físico, ni gastronómico, ni astronómico— que quede a salvo. Más que insultos, parecen ejercicios involuntarios de surrealismo excrementicio. Y, sin embargo, los decimos sin pestañear. Tal vez por eso conviene recordar la frase de Jesús: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». En este caso, porque no saben lo que dicen. Ni lo que imaginan. Y quizá sea mejor así: el lenguaje nos sirve para desahogarnos sin necesidad de tomar medidas… más literales. Total, para insultar ya insultamos bastante. Por lo menos, riámonos un poco de nuestra apestosa inventiva intestinal.