El público, léase el pueblo, espera que el concierto se inicie. El de la butaca 04, pasillo derecho (es un decir) lleva corbata. Cerca de él, otro va vestido de otra manera… Todos son diferentes, aunque les une algo importante y un interés común: que el concierto comience. Cambie usted las formas de vestir por el término ‘ideologías’. Al director (y recuerde que esto es una metáfora) únicamente le importa sostener su batuta. Aunque, en el concierto que no será, le faltan ahora siete músicos... Junts! Ojalá lo estuvierais. No importa... ¡La batuta!
Es, la suya, una orquesta errática. Comenzó con mal pie. El director sabe que sostendrá durante dos años –puede– esa batuta, sí, pero que la música del amor seguirá sin sonar…
Hay alguien, entre el público, que se pregunta cómo se puede ayudar a ese director. Cómo se puede interpretar el «Himno a la Alegría» cuando uno de esos malos músicos portó a hombros a un compañero muerto por una no reciclada ETA, esa en la que se sostiene un Gobierno, por decir algo…
El público sigue esperando. Y sí, sus vestimentas son distintas, pero ese público solo anhela que algo funcione…
Falta un pianista, falta un guitarrista, falta... Faltan siete que, de músicos, tienen poco...
El director sigue aferrado a su rol... A la postre es lo único que le importa. No la música. No usted. Ni tú...
La batuta…
Entre el público habrá quien no llegará a fin de mes, pero con sus impuestos financiará a una televisión pública que ha llegado a niveles inimaginables de sectarismo...
Es solo un ejemplo, efectivamente…
Resistir…
¿La batuta?
Es eso…
¿El público?
Lo siento... La batuta...
Si pudiéramos recobrar el consenso, si pudiéramos recobrar la partitura, si pudiéramos argumentar y no insultar, si pudiéramos entendernos de una puñetera vez, si pudiéramos pensar en el público, si pudiéramos amarnos, si pudiéramos llegar a unos mínimos pactos de estado, si…
Si lo que importara no fuera dirigir, sino servir…
Entonces, si pudierais hacerlo, la orquesta funcionaría…
Pero ahora faltan siete músicos y el director seguirá sosteniendo la batuta (perdonen las reiteraciones) aunque no surja ni pueda surgir la música. ¿El público? Aguardando. Aguardando a que alguien le resuelva sus problemas, reales, esos de cada día. Los suyos. Los tuyos… Pero nadie está por la labor. Desafinan… Y andan desavenidos…
¡Qué triste!
¡Ojalá llegue un tiempo de armonía! Ese tiempo en que se derriben muros y no se levanten. Ese en el que Machado no tenga razón y a ese españolito que viene al mundo ninguna de las dos Españas le congele el corazón. Ese en el que los dos grandes partidos lleguen a entenderse. Ese… Ese en el que una batuta sirva para algo… Y por fin surja la melodía de una España final y eternamente reconciliada… Seguro que, entonces, el «Himno a la Alegría» se paseará por el patio de butacas. No importará entonces si alguien lleva corbata o no… Tan solo el calor de un abrazo…