Asistir al desmantelamiento de una fábrica para quien ha nacido y crecido en un entorno fuertemente industrializado como yo es algo triste. Pese a que es infinitamente mejor vivir sin chimeneas, fundiciones, grúas y contaminación, la progresiva desaparición de ese sector me produce una punzada amarga, no me gusta por ejemplo que en mi ciudad de origen, donde antes se alzaban la potente siderurgia y los astilleros, ahora solo haya un decorado de terracitas y variedades de pinchos cada vez más caros e instagrameables.
España entera se terciariza a un ritmo galopante, somos tierra de solaz y descanso para el resto de europeos, y no solo por los sobrados atractivos culturales, gastronómicos y naturales, sino porque alguien, desde quién sabe qué elevadas instancias geopolíticas, lo quiere así.
En Menorca se sabe bien el proceso. La industria turística es la que tira del carro desde hace años, es indiscutible, es la que da trabajo a miles de familias, y aunque se habla mucho de diversificación sin renunciar a ella, tampoco florecen las otras alternativas.
En el polígono de Maó –un poco menos industrial y cada vez más de servicios–, otra factoría cierra este año sus puertas, Anga, dedicada a la bisutería desde 1958. Su actividad ha durado dos generaciones, la tercera ha seguido otro camino, tiene otros intereses y estudios. Me pregunto cómo va a hacer el Govern, con su plan de ocupación de calidad 2026-2028, para recolocar a los 26.000 parados estructurales y de ese modo no importar mano de obra, ¿tendrán que adaptarse sí o sí a la actividad dominante? Ese será otro debate. En cuanto a la industria, Anga es otra más que acaba porque a la falta de relevo generacional se unen un cambio de modelo productivo y la brutal competencia globalizada. Pero en esta isla todavía luchan empresas manufactureras, cada vez menos, del calzado y la bisutería, junto con otras nacidas con las nuevas tecnologías. Un reducto de ese orgulloso legado industrial que no debería dejarse perder.