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Cincuenta años después

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Cuando se cumplen cincuenta años de la muerte del dictador son muchos los recuerdos y más las nostalgias que se avivan en quienes vivimos aquellos años. La mayoría de quienes quedamos entonces éramos muy jóvenes. A mí me pilló con diecisiete esplendorosos años que me empujaban a disfrutar de ese tiempo nuevo que tanto prometía a quienes habíamos pasado la vida entre sotanas y tricornios en un mundo donde todo era pecado o delito. Ilusos esos jóvenes de ahora que, santa inocencia, atrevida ignorancia, espíritu provocativo o simple idiotez, creen que aquellos años fueron buenos. Eran tiempos en los que todo, y cuando digo todo quiero decir absolutamente todo, lo que se apartaba del ideario franquista estaba prohibido y era perseguido con dureza por considerarse una amenaza contra el régimen. Fueron miles los que sufrieron detención y torturas, cientos los asesinados por las fuerzas de seguridad o por grupos fascistas que actuaban impunemente. Y, sin necesidad de llegar a tanto, bastaba con que la policía, los infaustos grises, te vieran joven para que no te dejaran entrar en el casco viejo de San Sebastián por si había protestas y algaradas aquel día. O simplemente llevar un coche con matrícula vasca o navarra (los jóvenes de hoy quizá no sepan que las matrículas de entonces llevaban indicativos provinciales para mayor control) para que la sempiterna pareja de guardias civiles te obligase a parar y uno frente al coche y el otro detrás ametralladora en ristre te exigieran la documentación.

Pero no quiero recordar la violencia de la falta de derechos y de libertades que sufríamos, prefiero revisitar todos los anhelos acunados durante años de democracia y libertad con la que tantos y tantas soñábamos. ¿Cómo sería eso de poder votar a quien quisieras? ¿Qué se sentiría al ser, al fin, libres? La muerte de Franco fue muy bien recibida por muchos, especialmente los jóvenes, por las esperanzas que prometía y el apasionante reto que se abría ante nosotros. Aquello prometía mucho. El mundo que venía tenía la mirada de Rosalía y la sonrisa de Adriana Ugarte, aunque todavía no hubieran nacido. Jamás llegamos no ya a sospechar, sino ni siquiera a imaginar que cincuenta años después el franquismo seguiría vivo y campando a sus anchas acunado por ese resurgir del fascismo que estamos viendo en tantos países. Nos merecemos aquel mundo con el que tanto soñamos y que tanta sangre costó, pero como no lo defendamos volverán a arrebatárnoslo los nietos y bisnietos de quienes ya nos lo robaron durante cuarenta años.

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