Fue en un tren, de Milán al Lago di Como, cuando empecé a jugar con una pregunta que me asalta cada vez más a menudo: ¿cómo seré de «más» mayor?
No es nostalgia ni preocupación. Es más bien curiosidad. Un deseo de mirar al tiempo de frente, de quitarle el misterio con una mezcla de imaginación, juego y tecnología.
Frente a mí, en el vagón, dos personas sin relación entre ellas: una joven y una mayor. Observé con detalle sus rostros. No con afán crítico, sino con una especie de enfoque analítico. Me pregunté cómo habría sido la mayor cuando era joven, y cómo será la joven cuando envejezca. Cómo se mantendrían sus facciones. Qué contaría su mirada tras sumar o restar décadas. Qué historias cabrían en esas arrugas por venir o ya presentes.
A veces, mirar un rostro es como leer un mapa en el tiempo. Hay líneas que trazan alegría, otras que señalan cansancio, algunas que revelan ternura, otras resistencias. Me di cuenta de que lo que me atraía no era la belleza, sino la biografía que intuía detrás de cada expresión.
Fue entonces cuando decidí hacer la prueba. Saqué una foto de cada una, pedí a la inteligencia artificial que envejeciera a la joven y rejuveneciera a la mayor. En quince segundos tenía el resultado. Y lo curioso fue que, al ver las imágenes transformadas, algo encajaba. No por su exactitud, sino porque completaban el juego mental que había iniciado: poner al tiempo a circular en ambas direcciones, como si fuera posible mirar hacia adelante y hacia atrás a la vez.
La IA me dio las imágenes, sí. Pero lo más valioso fue lo que ocurrió en mi interior: una especie de reconocimiento mutuo con esas caras. La certeza de que todos somos, al mismo tiempo, lo que fuimos y lo que seremos. Que nuestro rostro no es solo presente, sino también historia y posibilidad.
Hoy, que tanto hablamos de filtros, de lo efímero, de la imagen rápida y sin huella, me pareció un gesto pequeño pero revelador: usar la tecnología no para embellecer, sino para imaginar. Para manejar el tiempo con la misma libertad con la que jugábamos de niños a ser mayores. O como ahora, de adultos, para volver atrás.
Mi abuela solía decir que, con el paso de los años, las personas mayores se vuelven invisibles. Aquella frase, que en su momento me pareció exagerada, fue cobrando sentido cuando vi a mi madre llegar a esa etapa y repetírsela a sí misma con un susurro resignado. Yo aún no he entrado del todo en ese territorio «invisible», pero empiezo a intuirlo: noto cómo las miradas me atraviesan sin detenerse, como si mi presencia comenzara a desdibujarse en ciertos espacios públicos o conversaciones. Y, sin embargo, encuentro consuelo en esos gestos inesperados de cortesía que a veces vienen de los más jóvenes, cuando me ofrecen ayuda en escaleras, a llevar algún bulto pesado en la calle o, simplemente, me sonríen con respeto. En esos pequeños actos se restaura algo, una forma de reconocimiento que me recuerda que, aunque el tiempo deja su huella, seguimos estando aquí, con voz, con historia y con dignidad.
Así que sí, sigo preguntándome cómo seré de «más» mayor. Pero no con miedo, sino con una mezcla de respeto y curiosidad. Porque en el fondo, la vejez —como la juventud— no es un destino fijo, sino un rostro posible que empieza a dibujarse desde mucho antes de llegar.