Debo casi todas mis virtudes, si tuviese alguna, y desde luego mis alegrías y paz de espíritu, a que durante mi largo proceso educativo en un colegio de curas franquistas, no escuché ni una palabra de lo que decían mis profesores, ni en clase ni en oficios religiosos, y poquísimo de lo que farfullaban mis compañeros alumnos. Por la sordera, que me mantenía felizmente desconectado y a salvo tanto de las materias docentes como de los sermones clericales. Sermonearme a mí era como sermonear a la tapia del colegio, y aunque por el tono deducía que me estaban reprendiendo (como los perros), ni sabía por qué ni tenía forma de corregirme. Solo me guiaba por los libros («La isla el tesoro», «Los tres mosqueteros», «Huckleberry Finn»), también los de texto del colegio, a los que añadía tres periódicos de papel que mi padre traía a casa cada día, uno local, otro nacional y otro deportivo, que junto a las ficciones literarias, completaban mi formación.
Desconexión total. Como además sacaba excelentes notas y jugaba bien a fútbol, pronto los curas y demás me dejaron por imposible, y así hasta ahora, que a diferencia del diablo, sé más por sordo que por viejo. De hecho, atribuyo mi longevidad a la sordera. Probablemente habría acabado muy mal de haber oído algo. Necedades sin cuento, trolas, auténticas barbaridades. Eran malos tiempos, como ahora, con el mundo al borde del abismo, pero la diferencia es que ahora ya no hay forma de desconectarse, y quizá ni los sordos lo consiguen. Yo no lo habría conseguido. Los analistas que nos explican los males del mundo, generalmente con el ejemplo del presidente de Estados Unidos, suelen insistir en lo mucho que se están agravando por el exceso de conexión, que multiplica hasta el infinito cualquier idiotez o salvajada. Bueno, vale, pero lo importante no es estar siempre conectados, sino conectados a qué. A nosotros mismos, me temo, que es la peor conexión posible. La gente solo atiende a sus noticias preferidas, sus propias ideas y opiniones, sus convicciones, sus odios y sus manías. Y todo el día encerrado con uno mismo es más nocivo que con curas franquistas. Ni la sordera te libra, porque en un monólogo interior se oye todo. Todo.