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El rayo verde

Los malos

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Por qué no me ha sorprendido que unos millonarios abyectos participaran en cacerías humanas en la guerra de Yugoslavia? ¿Por qué ni siquiera me sorprende que el precio de la pieza abatida creciera si se trataba de un niño, de una mujer, de un abuelo? En cuanto leí sobre el asunto recordé aquella inquietante película que protagonizó Jean-Claude Van Damme y que databa, más o menos, de esa misma época. Hay quien defiende, alentado por el cristianismo, que el ser humano es la cumbre de la creación. Yo creo más bien que se trata de un renglón torcido, de una nota fuera del pentagrama, algo imprevisto, un simio que, por algún evento inesperado, desarrolló su cerebro de forma exponencial. Y eso, claro, ha dado grandísimos logros, resultados sublimes… en casos excepcionales.

El resto, la mayoría, ni chicha ni limoná, gente corriente que a lo largo de su existencia suma y resta lo mismo que un caballo, un ratón o un cerdito: crece, se alimenta, se reproduce, establece relaciones con sus congéneres, trabaja, respira… y poco más. Y luego está la otra excepción: los malos. Personajes a los que quiero creer que les falta un tornillo, algo fundamental, quizá el alma. Gentuza capaz de lo peor, a gran o a pequeña escala. Los que iban a Sarajevo son de esos. Los colegas de Epstein también. Los de los genocidios, las violaciones, las torturas, las desapariciones, el narco.

Así como músicos, escritores, artistas, arquitectos, gentes del arte, pensadores excepcionales, sublimes, hay poquísimos, de estos villanos capaces de lo peor hay ejércitos. Millones. La literatura, el cine, la televisión, han tratado de retratarles. Es imposible. Siempre son aun peor. Y muchos están más cerca de lo que pensamos.

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