Que nacer en una familia con desahogo económico tiene ventajas es innegable. Que esa sea la garantía de que vas a llegar lejos en la vida es una idiotez. Todos conocemos familias donde un hermano logra cosas y otro se convierte en un yonqui. Misma casa, dinero, oportunidades, ambiente. Hermanos que uno es trabajador y comprometido y el otro una bala perdida. Hijos de familias analfabetas que alcanzan la excelencia académica e hijos de grandes cerebros que no dan más de sí que un cactus. Por eso la estrafalaria idea de Yolanda Díaz de repartir una «herencia universal» de veinte mil euros tiene infinitos matices. Muchas familias estarán encantadas con la idea, por supuesto.
Creo que todas. Algunos chicos serios y conservadores utilizarán ese dinero para ampliar sus estudios o dar la entrada para comprarse un piso. Habrá incluso almas benditas que deseen ayudar a sus padres a liberarse de parte de su hipoteca. Y habrá quien no se pueda creer la suerte que tiene porque con ese dineral comprará drogas como si no hubiera un mañana, se tatuará de la cabeza a los pies, se emborrachará día tras día e incluso podrá jugárselo en las tragaperras. La mayoría, imagino, lo meterá en el banco, se lo gastará poco a poco en chorradas y en unos años no quedará ni rastro. Mientras el mundo desarrollado avanza en la idea de que dejar herencias es un error, pues significa que no has aprovechado tu vida, en España la izquierda se abona a la barra libre de dinero público para bobadas. Básicamente, lo que saben hacer. Si de lo que nos han robado vía impuestos sobran 20.000 euros por cabeza, que nos los devuelvan. Ya decidiremos nosotros si se los vamos a dar a nuestros hijos o mejor esperan a que nos muramos.