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Una nueva era

La paradoja de pedir perdón a México

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Cada cierto tiempo reaparece la exigencia de que España pida perdón a México por la conquista. El gesto, más político que histórico, busca encajar el siglo XVI en los códigos morales del presente. Pero como recuerdan historiadores y ensayistas, entre los que se encuentra Juan Miguel Zunzunegui, autor de «Al día siguiente de la conquista», la realidad fue mucho más compleja: no hubo una conquista unilateral ni un sometimiento sistemático, sino el encuentro de dos mundos que acabaron fundiéndose en una nueva civilización.

Hace unas semanas viajé a México para conocer la célebre «Noche de Muertos». Comprendí que la llegada del cristianismo no destruyó la cultura prehispánica, sino que ambas se entrelazaron. La fe católica y los antiguos ritos indígenas se abrazaron: la Virgen María convive con las Catrinas en los mismos altares, símbolo de una identidad que sobrevivió fusionando lo ancestral y lo nuevo.

Cuando Hernán Cortés llegó a Mesoamérica en 1519, el territorio estaba dominado por el imperio mexica, una estructura teocrática que mantenía bajo terror y tributo a decenas de pueblos sometidos. Miles de personas eran sacrificadas cada año en los templos de Tenochtitlan; se arrancaban corazones para alimentar a los dioses. Por eso, las huestes de Cortés no fueron un ejército extranjero, sino una salvación, una coalición hispano-indígena, en la que los tlaxcaltecas, los totonacas y otros pueblos participaron activamente para liberarse del dominio mexica.

A diferencia de los imperios coloniales posteriores, la monarquía española no estableció una colonia de explotación, sino un virreinato integrado jurídicamente en la Corona. La propia Isabel la Católica, en su testamento, había ordenado tratar a los pueblos del Nuevo Mundo «como vasallos libres, no sujetos a servidumbre». Con esta directriz nacieron las Leyes de Indias, un corpus legal sin precedentes que reconocía derechos a los indígenas y regulaba su protección frente a abusos. No fue una época perfecta, creo que ninguna lo ha sido, pero sí un intento temprano de conciliar conquista y civilización bajo principios de justicia cristiana.

Tampoco fue la Iglesia, como poder económico, la que desembarcó en América, sino los frailes misioneros, auténticos humanistas del siglo XVI. Fray Bartolomé de las Casas denunció con valentía los excesos de algunos conquistadores y consiguió que se dictaran normas protectoras. Fray Bernardino de Sahagún dedicó su vida a aprender el náhuatl y a documentar la cultura mexica, creando una de los primeros tratados etnográficos del mundo. Aquellos religiosos fueron, en muchos sentidos, los primeros defensores de los derechos humanos.

El resultado no fue la destrucción de una civilización, sino la creación de una nueva: la mexicana, mestiza, cristiana, hispanohablante y profundamente orgullosa de sus raíces dobles. Como escribió el pensador Ramiro de Maeztu, «América no fue conquistada: fue ganada para la humanidad». Esa fusión cultural dio origen a una identidad única que hoy millones de mexicanos celebran con legítimo orgullo.

Por eso, pedir perdón cinco siglos después carece de sentido histórico y de coherencia moral. Supone negar la propia genealogía de México, que no nació de la derrota de un pueblo, sino del mestizaje de muchos. Además, resulta paradójico que quienes más promueven esa narrativa de culpa se beneficien del legado que critican. La esposa del expresidente López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, quien respaldó públicamente la exigencia de disculpas a España, solicitó y obtuvo la nacionalidad española en 2021. Un detalle que revela la contradicción entre el discurso y la realidad: condenar lo que, en el fondo, se abraza con verdadero deseo.

España no debe pedir perdón por haber participado en el nacimiento de una nación, y el pueblo mexicano no lo reclama. Insistir en ello es una política estéril que parece querer desenfocar los verdaderos y graves problemas del país. La historia compartida entre España y México no es la de víctimas y verdugos, sino la de una familia mestiza que aprendió a reconocerse en su diversidad. El perdón es innecesario cuando lo que une es infinitamente más profundo que lo que algunos pretenden que se perciba como una inexistente enemistad.

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