Volvimos a llenar aeropuertos, estadios y centros comerciales, convencidos de que la vida, que quedó en pausa durante la pandemia, nos esperaba intacta. Tras la covid, muchos pensaron que habíamos aprendido algo: que viajaríamos menos, que valoraríamos lo cercano, que la tecnología no sería un refugio sino una herramienta al servicio de la comunidad. La memoria humana es frágil. Hoy vivimos en una época extraña. La aviación mundial, emblema del progreso y de la globalización, enfrenta ahora el riesgo de que una tormenta solar pueda alterar sistemas de vuelo y desatar el caos en el cielo. Un simple error informático, provocado por la radiación que llega desde un sol demasiado activo, basta para inmovilizar miles de aviones en tierra. Seguimos a merced de fuerzas que no controlamos. Una pandemia causada por un virus microscópico nos encerró en casa.
Hoy, la misma infraestructura que nos conecta con el planeta entero puede convertirse en un riesgo si algo tan antiguo como la actividad solar decide intensificarse. La sensación de inseguridad se cuela en nuestra manera de ver el futuro. No se trata solo de miedo, sino de un cansancio profundo. Una fatiga postraumática que arrastramos desde 2020. Nos dijeron que resistiríamos, incluso que saldríamos mejores. Sin embargo, tenemos delante un horizonte incierto, donde cualquier certeza parece provisional. Quizá esta época extraña sea también una oportunidad para replantear lo que entendemos por seguridad. Tal vez la respuesta no esté en blindarnos con más tecnología, ni en cerrar fronteras o levantar muros invisibles de desconfianza. Puede que debamos asumir que la vulnerabilidad forma parte de nuestra naturaleza. La verdadera resiliencia se basa en aprender a convivir con lo imprevisible sin perder la esperanza.
Entre turbulencias, pandemias y tormentas solares, seguimos viajando, soñando y proyectando un mañana que no sabemos cómo será. Esa incertidumbre, incómoda y fascinante, puede que siga empujándonos a imaginar un mundo mejor del que dejamos atrás.