El director de Ultima Hora, Alberto Orfila Portella, creció en un ambiente marcado por la Guerra Civil. La casa de sus abuelos, donde pasaba gran parte del tiempo, era una especie de club donde veteranos republicanos discutían sobre política y el conflicto pasado. Él escuchaba atento con los ojos de un niño: «Me crié envuelto por este tipo de relatos marcados por la izquierda», recuerda. El promotor de todo aquello era su abuelo materno, el cual había sufrido un calvario por las peores prisiones franquistas.
Lluís Portella Oliva era de Maó y tenía solo 17 años cuando se declaró el golpe militar. Entonces militaba ya en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), de carácter comunista. Según explicaría a sus nietos (y publicó también el historiador Manel Suárez), su principal actividad era más festiva que política: «Yo creo que allí estaba toda la juventud de Menorca, los bailes eran continuos». Durante la guerra sirvió como soldado raso en la Isla y siempre negó conocer la represión, tanto de unos como de otros (en realidad, ambos bandos cometieron decenas de asesinatos).
Menorca se rindió en febrero de 1939 y la compañía de Portella se encontró frente a frente con el enemigo en Ciutadella. Según su versión, solo unos pocos compañeros se pasaron de bando. El resto, los más leales, fueron encarcelados a la espera de juicio. Entre ellos estaba Portella, que acabó siendo condenado a una pena intermedia: 12 años.
Lo encerraron en el famoso Can Mir, el almacén convertido en prisión donde hoy está el cine Augusta de Palma. Allí malvivían hacinados centenares de presos. Portella explica que cavaban agujeros para hacer sus necesidades y que dormían con un olor insoportable. Para lavarse solo tenían una pequeña canaleta de agua. Algunos no tenían ni manta para taparse en invierno.
La ayuda de las familias era clave. La madre de Portella pidió a uno de sus hermanos, que militaba en Falange, que fuera a ayudarle y, en lugar de eso, apareció en Can Mir reprochándole «la vergüenza» que sentía. Dejaron de hablarse para siempre.
Otro apoyo era el de las «madrinas de guerra». Todos tenían una: «Nos venían a visitar, como si fueran de nuestra familia, y si te podían ayudar en alguna cosa, lo hacían. Si podían besarte, también te besaban». Algunos acabaron casándose con ellas.
Relata, además, las llamadas «sacas», es decir, asesinatos de presos. «Los llamaban sobre las diez de la noche y, al salir el sol, acababan con ellos. Cuando se los llevaban, había un silencio total de respeto por parte de todos. El día de ejecución venía a ser una especie de cementerio».
Cuando parecía que no podía estar peor, lo trasladaron al campo de concentración de Formentera. Allí el principal problema era la falta de alimento. Solo comían una cebolla hervida al día y varios murieron por «falta de vitaminas». Según contaría, «era tan desesperante que algunos se comieron sus heces».
Lluís Portella recibió el indulto con 23 años. Volvió a Menorca y nunca más se metió en política. Murió en 2012, con 93 años. Su nieto destaca su espíritu conciliador: «Siempre fue comunista, pero nunca trató de adoctrinarnos. Insistía en el horror que es una guerra entre hermanos y la importancia de la reconciliación».