El debate sobre el precio de la vivienda en España es constante, y a lo mejor en Balears adopta un tono especialmente penoso. He oído decir que el coste de construir una vivienda entre nosotros se duplica por el precio de los materiales. Éramos pocos y parió la abuela. El encarecimiento progresivo de hormigón, hierro, madera o aislantes ha disparado los presupuestos y ha convertido en casi imposible lo que antes ya era muy complicado: que un joven pueda levantar su propia casa. Hoy, a la dificultad económica se suman los requisitos urbanísticos. Son necesarios, por supuesto: protegen el territorio, ordenan el crecimiento y evitan abusos. Pero también implican trámites lentos, modificaciones de proyectos y exigencias técnicas que incrementan aún más el coste final. Para muchas familias, cada paso administrativo es otro ataque al bolsillo; para los jóvenes, directamente un muro.
Comparado con décadas pasadas, no solo han cambiado los precios: también las formas. Antes se daba el caso, nada excepcional, de casas que «no existían» oficialmente o que figuraban como simples solares que apenas se regularizaban. Muchas viviendas se levantaban los fines de semana, con un padre habilidoso, una madre esforzada que también contribuía, algunos familiares y un albañil cualificado. El sábado ni siquiera contaba, porque la semana laboral era mucho más larga que ahora.
Aquellas casas eran fruto de la colaboración y del sacrificio familiar. Entonces los hijos entregaban su salario cada semana –«sa setmanada»– y, cuando se prometían, «arreplegaven»: iban ahorrando como hormiguitas para construir su futuro hogar. Hoy esto se ha invertido. Son los padres quienes deben contribuir al mantenimiento de los hijos adultos y, si pueden, al pago de su vivienda. El viejo dicho «el casado casa quiere» se ha transformado de manera sarcástica en: «el casado la casa de sus padres quiere», porque existen parejas que se ven obligadas a vivir separadamente en los hogares familiares, a falta de alternativas reales. Pero pese a todos los cambios, persiste la mentalidad de que poseer una vivienda es una inversión segura, una riqueza sólida y permanente. El precio de esa seguridad es hoy tan alto que para muchos significa renunciar a independizarse, emigrar o vivir con una precariedad encubierta que no sale en las estadísticas. Tener casa sigue siendo símbolo de estabilidad, de bienestar, pero para muchos es un lujo que cuesta un ojo de la cara, por no decir otra cosa.