Ya lo apunté la semana pasada. Recordar aquel 20 de noviembre de 1975 es, todavía hoy, como revivir un instante en que toda España contuvo la respiración. La muerte de Franco no fue solo el fin de una época: fue el cierre de casi cuarenta años de una historia marcada por la uniformidad y el control absoluto del poder. Madrid amaneció fría y silenciosa, y en los pasillos del hospital de La Paz, donde se seguía el estado del general, los pasos eran medidos, casi temerosos de alterar el destino de una nación. La noticia, cuando finalmente se confirmó, corrió como un pulso acelerado por ministerios, hogares y cafés, mientras el príncipe Juan Carlos se preparaba para asumir la Jefatura del Estado.
En ese momento crítico, la figura de Torcuato Fernández-Miranda adquirió una relevancia fundamental, aunque discreta. Consejero, mentor y arquitecto silencioso de la transición, su experiencia como presidente del Consejo del Reino y de las Cortes se convirtió en un soporte estratégico para un joven monarca que, consciente de la responsabilidad histórica que asumía, necesitaba guía y prudencia. La estabilidad del Estado dependía de esa combinación de firmeza y sutileza, y Fernández-Miranda supo proporcionar ambas.
Dos días después, el Palacio de las Cortes fue testigo de la proclamación de Juan Carlos I como Rey de España. No se trató de un simple acto ceremonial. Fue un ejercicio cuidadosamente planeado de legitimidad y continuidad institucional. Detrás del discurso moderado y de la precisión del protocolo estaba Fernández-Miranda, asegurando que cada gesto del Rey transmitiera unidad y estabilidad, evitando cualquier polarización política prematura. Fue también un mensaje a la comunidad internacional: España quería continuar siendo un país previsible, responsable y abierto al mundo.
La transición no fue inmediata ni sencilla. La designación de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en 1976 marcó el inicio de un proceso que cambiaría la vida política y social del país. Fernández-Miranda, nuevamente, actuó como brújula institucional y legal, utilizando su autoridad para que la apertura política se desarrollara dentro de un marco seguro. La Ley para la Reforma Política de diciembre de 1976, siendo Fernández Miranda su autor intelectual, abrió la puerta a elecciones libres y al reconocimiento de la pluralidad política, mientras que la ciudadanía comenzó a reapropiarse de su voz en la vida pública. Las calles se llenaron de manifestaciones pacíficas, los partidos surgieron y los medios reflejaron debates antes impensables.
En junio de 1977, las primeras elecciones generales libres desde 1936, confirmaron que España había iniciado un camino irreversible hacia la democracia. El proceso fue observado con atención internacional: Europa, Estados Unidos y América Latina seguían con interés un ejemplo de cambio pacífico que demostraba que la modernización política podía lograrse sin ruptura brusca. Fernández-Miranda permanecía en la sombra, pero su influencia era decisiva: orientaba al Rey y equilibraba tradición y modernidad.
El capítulo final de este proceso llegó en 1978, con la aprobación de la Constitución. Lo que muchos celebraron como un logro colectivo fue, en buena medida, el resultado de la labor estratégica de Fernández-Miranda. Como arquitecto intelectual de la transición, ayudó a construir el consenso necesario entre fuerzas recién legalizadas, equilibrando poderes y asegurando que la monarquía parlamentaria actuara como garante de pluralidad política. El referéndum del 6 de diciembre consolidó un Estado democrático, parlamentario y plural, y la sociedad celebró un triunfo pacífico que marcaba un nuevo horizonte para España.
Hoy, al reflexionar sobre aquel periodo, es imposible no reconocer la importancia de la prudencia, la visión y la inteligencia política de un hombre que supo leer el momento histórico y orientar a quienes tenían la responsabilidad formal. La transición española fue más que un cambio de gobierno: fue un acto de ingeniería institucional, una combinación de estrategia política y liderazgo moral que permitió a España pasar de la dictadura a la democracia sin caer en la violencia o el caos. Torcuato Fernández-Miranda, discreto y silencioso, fue el arquitecto intelectual de ese éxito.
En un tiempo en que los consensos parecen difíciles y los extremos tienden a dominar los debates, recordar la transición y su lógica de prudencia y diálogo es más necesario que nunca. La España que surgió de aquel proceso no fue perfecta, pero sí sólida: demostró que la combinación de liderazgo reflexivo y respeto por la legalidad puede cambiar el rumbo de un país. Y, por encima de todo, enseñó que detrás de los grandes momentos históricos a menudo hay figuras que trabajan en la sombra, orientando la historia sin buscar protagonismo, como hizo Fernández-Miranda.
La transición no fue solo el triunfo de un Rey, ni de un Gobierno, ni de partidos recién nacidos; fue, sobre todo, la victoria de una estrategia inteligente que priorizó la estabilidad, la legalidad y la participación ciudadana y de forma muy especial del sentimiento de todo el pueblo español.
Hoy, más de cuatro décadas después, mirar atrás permite comprender que el legado de aquel proceso sigue siendo relevante: muestra que la política no es solo confrontación, sino también prudencia, visión y, en ocasiones, discreción. España, gracias a figuras como Fernández-Miranda, aprendió a respirar nuevamente después de décadas de silencio forzado, y lo hizo con un futuro democrático como horizonte inevitable.
De todo ello hablaré, Dios mediante, este jueves 4 de diciembre a las 19.30 horas, en el salón de actos del Convent de Sant Diego de Alaior, presentado por el reconocido poeta y escritor Ponç Pons. Es un acto organizado por el Ayuntamiento de Alaior, en el marco del 47 aniversario de la aprobación de la Constitución española, una fecha que nos invita a reflexionar sobre aquel tiempo de transición, prudencia y diálogo, y sobre cómo aquel proceso histórico sigue resonando en nuestra vida democrática.