La disposición a la obediencia y al acatamiento de las órdenes emanadas por la autoridad tiene mucho que ver con su reconocimiento como legítima en las cabezas y los corazones de los súbditos o ciudadanos que integran las sociedades. No existiría la más mínima posibilidad de ejercer ningún poder si los gobernados decidiéramos, eso sí, todos a la vez, desobedecer las leyes y los mandatos.
No sucede muy a menudo, desde luego, porque como ciudadanos preferimos vivir en sociedades complejas, con altos niveles de orden y organización, en las que tenemos que llevar adelante nuestros propios proyectos de vida y, en consecuencia, rechazamos el caos. Las alternativas resultan además peligrosas e inciertas, se llamen revolución o pronunciamiento.
Los factores que otorgan la legitimidad al poder, no ya al de los gobiernos de turno sino al de los sistemas aceptados o impuestos, son variados y complejos. Se asientan sobre el imaginario colectivo. La permanencia y la duración en el tiempo proporcionan a la autoridad un reconocimiento natural e inevitable por parte de las distintas generaciones; las evidentes ventajas que se materializan en los bolsillos o en la capacidad de acción de los gobernados no dejan lugar a dudas o quejas; la falta de alternativas viables que supongan mayor credibilidad obligan a su resignada aceptación; la idea de que representa la voluntad indiscutible de los pueblos, su soberanía, asienta la legitimidad en los sistemas democráticos desde hace doscientos cincuenta años.
Los regímenes que no se sienten firmemente afianzados en la aceptación general otorgada por el peso de una mayoría abrumadora, la tradición o el reconocimiento, basan su autoridad en dos conceptos radicalmente distintos: la mera fuerza bruta de sus cuerpos de seguridad o la necesidad de éxito continuado y desesperado en todas sus propuestas… por ridículas, gratuitas o innecesarias que sean.
Es miedo. Son las dos manifestaciones del miedo que sufre el poder cuando se sabe precariamente legítimo. Por eso están presentes aquí y ahora en esta Europa amargamente belicista, brutalmente represora e ideológicamente desnortada. Por eso suenan tantas sirenas de policía en nuestro país y resulta tan vital que cada votación en nuestras cámaras, por inmotivada y absurda que resulte en su propuesta, salga adelante con una mayoría precaria y suficientemente insultante para la minoría.
Europa no logró sacar adelante ni un verdadero referéndum que consolidara su aceptabilidad entre los ciudadanos de los países que integran la Unión, ni consiguió refrendar una constitución unánime e incontestada que proporcionara un marco jurídico común. Perdió su oportunidad de legitimarse a principios de este siglo. Los principales países de la Unión actual están gobernados por mayorías precarias y mostrencas a las que sólo les ocupa y preocupa su propio miedo a perder el poder y tener que enfrentar las responsabilidades penales derivadas de su abuso.
Y este miedo de nuestros jerarcas a sus propios demonios, que los reúne en un perpetuo conciliábulo cuyas conclusiones no le importan nada al resto del mundo, va a costarle a usted, pobre y desafortunado ciudadano, una fortuna en ayudas inútiles a causas inútiles, inflación y muchos anti-drones. ¡Que haya mucha suerte!