Así fue D. Manuel Aguilera, el leer su artículo «del abuelo Lafuente» y en este domingo el de otro abuelo Lluís Portella Oliva, me ha transportado en infinidad de horas escuchando mil historias todas ellas certeras de aquellos difíciles momentos de penuria y dolor y también miedo a la incertidumbre que rodeaba sus días y sus noches bajo el pavor de las sirenas alertando al pueblo del acercamiento de los aviones disparando indiscriminadamente bombas que no siempre iban a caer en el punto que los aviadores creían daban en el blanco. No, por el contrario, las mismas segaron muchas vidas inocentes que nada tenían que ver con aquella maldita guerra. Sin olvidar las visitas inesperadas de las patrullas llevándose de sus hogares padres e hijos más buenos que el pan sin nada que ver con la guerra, con la excusa se los llevaban de paseo. Me contaba mi padre en gloria esté, fue un horror para los habitantes de la isla.
Nací en septiembre del 1944, hija de Gregorio Caules Llull, el cual conoció y fue amigo de los dos abuelos tanto con D. Lorenzo Lafuente Vanrell y con D. Luis Portella Oliva, siempre respectando su manera de ser, si bien las ideas políticas de Luis Portella no coincidían, mas ello no fue obstáculo por parte de ambos para avenirse y respectarse. Ambos fueron dos auténticos caballeros.
Sr. Aguilera, le felicito por sus escritos, deberían salir muchos más, le aseguro que los hay. Historias preciosas y a su vez distintas y sin embargo tienen mucho en común, ambas hablan de calamidades y sufrimientos que no eran necesarios. Es más, añadiría que en aquella guerra cruel hubo envidias y odios. Odios por existir los llamados señores, ‘Els senyors de llocs’, los empresarios y cuantos no tenían fincas ni empresas pero comulgaban la religión católica y apostólica y romana como se solía decir o por lo menos siendo niña escuché cómo repetían los mayores.
De mi padre podría añadir debió ser un hombre predestinado como solía llamar su buen amigo el Rvdo. D. Vicente Macián. Ya que en tiempos de la contienda Gori aprovechando su destino de motorista en el motovelero Abel Matutes, designado por Transportes Militares fue una alma buena tendiendo sus manos a cuantos lo necesitaban sin tener en cuenta, si eran de derechas, izquierdas, rojos ni azules, tan solo pretendía ayudarles. Jamás cobró nada a nadie medicamentos, aceite, arroz etc. En un tiempo que los dedicados al estraperlo hicieron fortunas. Hoy, que mi padre descansa en paz, me atrevo a explicarlo.