Sales a la calle. Y, de pronto, un padre te pregunta cómo se puede educar a un hijo. Te sabe profesor, jubilado, pero no un jubilado que dejó de ser –ni lo hará- profesor... Aunque te agrade más la palabra maestro... Te pone en un brete, porque no has tenido hijos. Pero sí a esos de adopción. Esos diez mil y pico de alumnos a los que les diste clase, a lo largo de treinta y ocho años de docencia... Algo, a la postre, sabes de adolescentes. Tras esos años sólo recuerdas a tres alumnos/as realmente perversos. No es mal promedio ese... Ser profesor –que no profesor/funcionario- es convertirse en un adicto. En ocasiones lees un texto y, de repente, piensas que esas palabras bien engarzadas que transmiten valores serían perfectas para Cuarto de la E.S.O. o que podrían ayudar a alguien... Y luego te das cuenta de que ya no ejerces…
No sé qué decirle a ese padre... Tal vez que tenga la valentía de pronunciar un «No» cuando su hijo de doce años le exija un móvil y le salve, sin saberlo, de los peligros de ese mundo, hermosísimo o putrefacto. Y acompañe esa negativa con un «¡siéntate a mi lado y te lo explico. ¡Hablemos!» Un padre que le enseñe a no prejuzgar. Así, no cuestionará en el futuro, por ejemplo, una sentencia no escrita, como tampoco dudará del bien hacer de una nueva fiscal que todavía no ha ejercido su labor. Prejuicios, a izquierda y a derecha.
Le dirías a ese padre que no le dé a su hijo veinte euros para que no le moleste. Que su vida –la del padre- sea su mejor referente. Hubo alguien (un pedagogo) que le espetó a una madre que no debería importarle si su hijo no la escuchaba. Porque la estaba observando continuamente…
Sé que ese padre o esa madre lo tienen crudo. Porque su hijo ve a una bancada gubernamental vacía cuando un diputado –irrelevante- está diciendo su verdad. Y puede que ese diputado sea de los más honestos… Lo tienen crudo cuando le han vendido a su hijo que no se debe mentir, y ese mandato se diluye, como un azucarillo, en sede parlamentaria. Lo tienen crudo cuando le intentan vender a su hijo valores: la verdad, la dignidad, la bondad, la amorosa discrepancia entre personas, cuando…
Cuando, en las redes sociales, ese hijo reciba continuamente mensajes de rencor o sectarismo, de un sentido u otro… Cuando… El odio hoy se propaga con pasmosa facilidad gracias a un emoticono o a través de un grupo de amigos que pueden ser letales.
¿Qué cómo se puede educar a un hijo?
Puede que con un «NO». Y con un sentarse a su lado cuando el día envejece. Con un «te escucho». Con una ejemplaridad de vida. Con un «no todo vale». Con inculcarle la fuerza arrebatadora del criterio propio, del no prejuzgar, del amor y del perdón, independientemente de la ideología que uno pueda tener…
El hijo, probablemente, lo entenderá, como entenderá también que, en ocasiones, hay que salirse de un grupo de whatsApp en el que anida la falta de objetividad…
Un «No» puede, en ocasiones, salvar una vida. Aunque ese adverbio le aleje a uno de quien tanto ama… Momentaneamente. Nadie dijo que ser padre o madre fuera fácil. Pero alguien debió decir, igualmente, que era sublime…