Dos niñas se han suicidado juntas en Jaén, apenas unas semanas después de que lo hiciera la muchacha de Sevilla que llenó de titulares la prensa. No son las únicas y tampoco serán las últimas. Una epidemia silenciosa, y tristísima, que asola el país, quizá el mundo desarrollado entero, que resulta incomprensible para el que sigue vivo, sus padres, abuelos, hermanos, amigos, maestros. Personas que llevarán ya para siempre tatuado en el alma ese dolor imposible de procesar. Dicen los expertos que la adolescencia es más solitaria y frágil que nunca, pese al aluvión de estímulos en el que crecen estos chavales. Hace treinta años que criamos a los niños entre algodones de azúcar rosa, se les evita cualquier trauma, golpe, disgusto, berrinche, incomodidad… creamos un mundo artificial de colorines, esponjoso y agradable, que huele a colonia de bebé. Y luego, sin haber conocido los límites o los riesgos, los soltamos en una realidad tóxica, dura, llena de aristas, que corta, que sangra, que golpea, que insulta. Los colegios de los países más avanzados han abandonado el método facilón de las pantallitas para regresar con determinación a los libros de papel, al esfuerzo, al aburrimiento, al método de aprendizaje que había sido testado con éxito durante trescientos años. No me extrañaría que, dentro de poco, se regrese también a las prohibiciones, al castigo, a la amenaza, incluso al guantazo. Millones de psicólogos se llevarán las manos a la cabeza, pero yo preferiré tener un hijo traumatizado por mi autoritarismo que uno bajo tierra porque no tuvo armas para defenderse de lo mierda que es la vida. Porque es la vida la que, en cuanto un niño sale del nido, le arrea los guantazos más fuertes.
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