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El ojo mágico

| Menorca |

El papel, de apariencia desértica, se convirtió en pista de baile. En pista de baile de letras, Las vocales iban apareciendo discretamente, rellenando huecos sin sentido para dar significado a las consonantes que, sin vergüenza, las sacaban a bailar. El espacio verbenero del escritor, se llenó de luces de colores, de giratorias esferas de espejitos y una música que invitaba a acrobacias y volteretas gramaticales en la pista de baile del espacio en blanco de la página lunar.

Al principio, en esa soledad palpable de las incertidumbres sobrevenidas sin motivos razonables, apareció como un destello, en las conexiones sinápticas del autor, la insinuación tácita de una musa muy probable, toda vez que, los velos de lo incierto se desvelaban en un texto imposible si no intentaba escribirlo.

Desde la esquina más alejada de un párrafo anterior, el autor vislumbró un propósito que se sostenía como una araña colgada de una telaraña. Desde ese rincón, iba tejiendo un tapiz aéreo para capturar lo etéreo de su discurso y lo que, suspendido en el aire, resonaba de las conversaciones entre los invitados que participaban en la celebración del evento ortográfico sin medias tintas ni pelos en la lengua.

Como fuese que todo brotaba con una espontaneidad brutal, el autor tuvo una sobrecarga de percepciones perturbadoras, pues, lo que iba a escribir rebosaba y desbordaba cualquier ceñimiento a un protocolo establecido o a cualesquiera normas de comportamiento que encauzasen a una seriedad rigurosa y tipográfica de un tema concreto de desquiciadora actualidad.

La orquesta, compuesta por corchetes, paréntesis y otros artísticos símbolos geométricos, desplegó una batería de temas sentimentales que, en la tenue luz de la pista de baile, hacían que las letras intimaran en silencios táctiles o se dejaran llevar por puntos suspensivos, codas o estribillos, por puro vicio de sonar en las orejas de alguien.

La caligrafía se hizo fonética y las palabras respiraban en una mezcolanza congruente, donde la diversidad enriquecía los sentidos, abría los entendimientos y hacía posible que las consonantes labiales o fricativas encontraran un cauce de expresión sin censuras ni malos rollos.

Cuando de repente se encendieron todas las luces y los rincones más oscuros se iluminaron, la página quedó perpleja contemplando los lazos creados en la intimidad de ese rato intemporal donde las frases dejaban un testimonio para el recuerdo o el olvido. Hay que creer para ver.

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