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Una nueva era

El Informe Petras, profético y vigente

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He de reconocer que, aunque no me gusten las redes sociales, en algunos foros se encuentran temas realmente interesantes. Hace unos días el debate que arrasaba era la juventud y su futuro. Entre comentarios y reflexiones me apareció una entrevista a Julio Anguita en la que mencionaba el Informe Petras. La referencia me sorprendió, y decidí investigar. Lo que encontré fue un documento que, treinta años después, sigue siendo tan incómodo como clarividente. Hay textos que nacen para sacudir conciencias, y el Informe Petras es, sin duda, uno de ellos.

En 1995, James Petras llegó a España invitado por el CSIC para estudiar las condiciones de vida y trabajo de los jóvenes. Lo que descubrió fue la fotografía más cruda de un país que presumía de modernización mientras escondía una fractura social creciente. El informe se guardó en un cajón oficial, quizá porque mostraba lo que nadie quería ver: que la generación que había crecido creyendo en la estabilidad y la movilidad social estaba dando paso a otra que debía conformarse con contratos temporales, salarios bajos y una incertidumbre permanente. Fue la revista Ajoblanco la que lo rescató del silencio institucional. Y menos mal, pocas investigaciones han descrito con tanta precisión un cambio de época.

Así comienza el prólogo de su estudio el propio Petras: «Comencé mi investigación sobre el impacto de las políticas del partido socialista en la sociedad española a principios de enero de 1995... visitando ministerios, hablando con profesores universitarios y con cuadros sindicales. Estaba atareado recogiendo estadísticas y leyendo documentos eruditos y oficiales sobre desempleo, modernización, integración, etc. Al mismo tiempo, en mi vida cotidiana, en el gimnasio, en el videoclub, en el supermercado, en los bares de la Zona Franca de Barcelona, estaba experimentando una realidad diferente».Hoy, más de un cuarto de siglo después, el texto sigue sonando a presente. Si uno cambia los nombres y las fechas, podría parecer escrito ayer. Los jóvenes continúan atrapados en empleos inestables, la emancipación se retrasa, la natalidad cae y la idea de futuro se desdibuja. Lo que en los noventa parecía una anomalía, se ha convertido en una situación estructural permanente. Y esa es, quizá, la conclusión más amarga: no hablamos de una generación perdida, sino de un modelo erróneo que consume a quienes intentan abrirse camino.

El acierto de Petras no fue solo mostrar la precariedad laboral, sino entender su impacto social. Cuando un país no garantiza a sus jóvenes un horizonte mínimamente estable, se rompe el pacto intergeneracional que sostiene la convivencia. No es sólo economía: es cohesión, confianza, posibilidad de vida. Y ahí España lleva décadas fallando. Las dificultades para acceder a una vivienda, la rotación constante en el empleo, las brechas salariales entre generaciones o la creciente desafección hacia la política no son fenómenos aislados. Son las consecuencias de un modelo que lleva demasiado tiempo parcheándose sin replantearse.

Releer el Informe Petras hoy no es un ejercicio histórico, sino una advertencia. Nos recuerda que «un país que avanza dejando atrás a su juventud se está debilitando por dentro». Que el empleo digno no es un lujo, sino la base de cualquier proyecto colectivo. Que no se puede construir futuro cuando la mayoría vive instalada en la provisionalidad.

Quizá por eso aquel informe que incomodó en su día se ha vuelto imprescindible. Creo que hay que tomárselo muy en serio. Antes de que sigamos perdiendo no ya a una generación, sino a un país entero.

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