Estos días he leído una de las noticias más divertidas del año: un profesor de sociología de la prestigiosa Universidad de Seúl defiende que el verdadero origen de los vascos está en Corea. La idea no puede resultar más graciosa, porque a simple vista parecería del todo imposible descubrir cualquier rasgo asiático en la imagen actual de los vascos. Aunque, después de varios milenios, quizá se hayan diluido tanto el pelo negro y liso, los ojos rasgados y oscuros, la delgadez, las caras anchas de altos pómulos… que resulten irreconocibles. La teoría, a bote pronto, parece una boutade porque apenas se apoya en la similitud de algunas palabras en ambos idiomas. No soy una gran conocedora de este ámbito, pero me atrevo a lanzar un par de pistas que algún interesado podría investigar. El euskera es una lengua única sin parientes conocidos.
Muchos expertos creen que su origen estaría anclado en la prehistoria, pero sigue siendo ignoto. Ahora aparece la teoría asiática, una estupidez o un hilo del que tirar. El coreano es también un idioma aislado, aunque ha sufrido contaminación del chino y del japonés, por cercanía. Curiosamente, la misma enrevesada estructura del euskera -que lo hace difícil de aprender- la tiene el coreano, y además comparten varias características: ambas son aglutinantes, sin género y con marcadores de caso. Pero hay más y, para mí, sorprendente: Corea es uno de los países del mundo con más dólmenes prehistóricos, monumentos megalíticos típicos del neolítico europeo y muy presentes en el País Vasco y Navarra. El férreo amor a la tierra de los vascos, un país pequeño, montañoso y costero, la fuerza de la comunidad, la tradición y la familia… son otras cuestiones que compartimos.