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historias desde el museo

Al tranco

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En algunas tribus indias de América del Norte, los denominados indios americanos –a los de centro y sur se les denomina amerindios– tenían una curiosa y práctica costumbre que podríamos denominar «matrimonio en prácticas», consistente en posibilitar durante un periodo de tiempo, la convivencia en pareja de los adolescentes que están comprometidos para un futuro matrimonio, de tal forma, que solo si la prueba es superada, con el tiempo se casarán.

En pleno Siglo de Oro, se publicó una obra de Vélez de Guevara, «El diablo Cojuelo», cuenta el libro las aventuras de un travieso diablillo –y hasta bonachón– al que un estudiante libera por error de una redoma donde un astrónomo lo tenía encerrado; el diablillo en agradecimiento recorre con él la noche de Madrid saltando por los tejados. En consideración a la cojera del diablillo, la obra en vez de capítulos, se divide en «trancos», por el caminar desacompasado del protagonista.

En cuanto nos daban las vacaciones de verano nos íbamos toda la familia al pueblo del que era oriundo mi padre, un hermoso pueblo de la Castilla profunda. Casi todos los niños por entonces teníamos un pueblo donde había unos abuelos y unos primos –bastante brutos– a los que en secreto envidiábamos; los envidiábamos porque ellos hacían por obligación todas aquellas tareas que a nosotros nos parecían apasionantes, ordeñar la vaca, echar de comer a las gallinas y conejos, y lo mejor de todo, llevar la pareja de machos –los mulos– a beber al caño; aquellos grandes –a mí me lo parecían– y nobles animales que pacientemente nos permitían trepar hasta su grupa para después al paso –y a tramos, al trote–, llegar al abrevadero; en aquellos años de finales de los sesenta, en los pueblos, todas las familias tenían la pareja de machos para tirar del carro, arar, trillar, la noria, etc. –era el coche de hoy–. Un verano al llegar observé que uno de los mulos no era el de siempre, «¿se murió?» pregunté, «no, lo cambiamos, no se hacían al tranco» me contestó mi tío, «ah!» dije yo; y no pregunté más –entonces los chicos educados, no éramos impertinentes y preguntábamos poco–. Posteriormente me enteré del asunto; cada mulo tiene una determinada longitud de paso, un tranco; cuando dos mulos caminan juntos tirando del carro, independientemente de su tamaño –en general, similar– siempre uno de ellos se adapta al tranco del otro, se dice entonces que ambos van «al tranco», pero también puede ocurrir que no se adapten y entonces el carro avanzaba a trompicones lo cual resulta incómodo y hasta peligroso.

En nuestra civilización occidental, como en la de los indios americanos, también existe la prueba de «matrimonio en prácticas», aquí se podría llamar «prueba al tranco». Recuerdo con nostalgia los años de noviazgo, caminar juntos abrazados, no del brazo o de la mano, no, abrazados en incómodo –aunque romántico– deambular, supeditando la lógica que dicta la anatomía, a la proximidad, al contacto, contorsionarse para progresar en el desplazamiento sin perder el efecto dinamo –por el roce–. Aquellas parejas que tras un prudencial periodo de noviazgo con sus correspondientes paseos, no fueron capaces de llegar a acompasar el caminar, de ir «al tranco», si fueron sensatos, acabaron por romper. La solución era fácil, como en las parejas de mulos uno de los dos acababa por adaptar su tranco, no digo más.

Aunque la verdadera prueba de fuego, lo que verdaderamente es merecedor de superar cum laude las prácticas «al tranco», es hacerlo llevando un paraguas abierto bajo la lluvia –cerrado en la mano no puntúa–. Él, ingenuo, piensa que el paraguas es para no mojarse ellos, error, el paraguas es para no mojarse ella; él se mojará tanto o más que si no llevase nada, pues lo normal es que uno –o varios– de los picos de desagüe, le caiga por la espalda, cogote o parte cercana. Mientras tanto ella, agarrada a su antebrazo como si fuese un joystick intenta controlar el paraguas, la posición, inclinación, altura etc. –la altura siempre es la de ella, él jodido, claro–. Invito a cualquiera, en un día de lluvia, a ir un rato detrás de una joven pareja novata, y comprobarán que ella siempre le va echando la bronca a él. En el paseo con paraguas «al tranco», como en el baile –agarrado, por supuesto– es donde se ve a las parejas veteranas.

Los indios americanos, en realidad no fueron exterminados sino que se extinguieron al no reproducirse. Lástima de coartada para Custer y sus matones del séptimo. Mantas con viruela, ¡paraguas tendrían que haber repartido!

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