De tanto tocarla y alterarla con procedimientos digitales, la realidad está ahora llena de pegotes en paredes, vías de comunicación y espacios públicos (realidad aumentada), y esos manchurrones, parduzcos o verdosos, de naturaleza indefinida pero un poco asquerosa, se extienden por doquier como moho ocultando las señales que nos permiten ubicarnos, el texto y el subtexto de la realidad, y a menudo invaden espacios domésticos, objetos personales y hasta libros y periódicos. Todo está perdido de pegotes virtuales, muy pringosos, lo que hace difícil orientarse y saber qué hay debajo, cuesta reconocer incluso el pasillo de tu casa, que parece el extranjero. Mugriento y extranjero. He dicho que se trata de pegotes digitales, pero lo digo por decir, ya que no sé qué son y probablemente aparecen por obra del tiempo, el progreso, el azar, los transeúntes y no pocos maleantes, de modo que según en qué sitios a la realidad no la reconoce ni su padre. Cada pegote es una tachadura que esconde algo, y no es fácil adivinar qué.
A la memoria le pasa lo mismo, también abundan las piezas que no encajan, y es frecuente que ahí precisamente haya un pegote. Me acuerdo de una cosa, pero no sé cuál, masculla la gente. Y enseguida olvida lo que había recordado. En general, todos hacemos como si no viésemos los pegotes, como si fuese normal y la realidad tuviese el aspecto de siempre, repugnante por unos sitios, agradable por otros y con numerosas zonas pardas bastante anodinas. No tiene sentido hablar de los pegotes, porque total. Algunos escritores de ciencia ficción especularon si acaso el mundo y todas sus criaturas, incluyendo humanos, no sería una simulación de ordenador en un disco duro, lo que explicaría esos pegotes y tachaduras de la realidad, ya por razones de censura (no se censuran opiniones, sino la propia realidad), ya para solventar errores y defectos de forma. Actualizaciones tecnológicas chapuceras, en fin. Pero ya nadie escribe esas historias, porque ni siquiera los escritores de ciencia ficción más pirados se fijan en la abundancia de pegotes. Habrá que buscar otra explicación, aunque no creo que yo tenga ganas de hacerlo. Dan bastante asco, esos pegotes.