Tras días de silencio, evitando a los periodistas en el Congreso, Pedro Sánchez ha dado una entrevista en RTVE. El objetivo no era responder a las acusaciones de Ábalos, el propósito era «reconquistar» a Puigdemont y los suyos. Porque, sin ellos, la legislatura está agotada.
Una vez más, «donde dije digo, digo Diego» y, con el gesto contrito, reconoció que no se habían cumplido los compromisos acordados. Lo tenía fácil. Feijóo, en su permanente improvisación, había acudido a pedir al empresariado catalán que convencieran a Junts para apoyar una moción de censura. El ala conservadora del PP se echó las manos a la cabeza (incluidos los dirigentes catalanes), ¿Cómo iban a negociar con quien declaró la independencia? Pues bien, si Feijóo, con tal de llegar a la Moncloa, ofrecía pactos, con más razón Sánchez podía cumplir sus quiméricas promesas para quedarse en el mismo sitio.
Se trató, como de pasada del que fuera su mano derecha en el Gobierno y en el partido. Y la explicación es muy creíble: Ábalos y Cerdán fueron sólo esos fieles escuderos que hacen el trabajo sucio de pactos, acuerdos y cesiones innombrables con discreción y obediencia. Son los personajes políticos. Las personas, detrás de esos nombres y esas caras, carecían absolutamente de interés. Sus dificultades, familiares, sus flaquezas, su machismo, sus ansias de incrementar los ahorros no servían para consolidar el poder del líder y, por tanto, ni se les miró.
Claro que Pedro Sánchez nunca «conoció» a la persona que había detrás del nombre de Abalos. ¿Para que? De esa falta de empatía podrían hablar, y mucho, dos mujeres a las que se usó y se dejó caer con la misma frialdad. Carmen Calvo y Adriana Lastra.
El problema de utilizar a los personajes, ignorando a la persona, es que el ser humano es las dos cosas a la vez. Y la ambición no justifica la cosificación de aquel a quien utilizas.