En los últimos meses hemos asistido a una renovada insistencia del actual PNV para que otros actores políticos pidan perdón por el bombardeo de Gernika. Nada hay más legítimo que recordar aquel horror. Pero algo chirría cuando la memoria se activa solo en una dirección, cuando el dolor se convierte en patrimonio exclusivo y cuando la historia se lee con lupa por un cristal y con gafas de sol por el otro.
Como dejó escrito George Orwell, testigo directo de la guerra española: «La memoria pública es un campo de batalla». Y en ese campo, algunos parecen empeñados en no recordar, sino en rehabilitar su propio pasado.
La tragedia de Gernika está documentada con exactitud: el 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria arrasaron la villa. Wolfram von Richthofen anotó en su diario la imagen de una ciudad «en llamas, con la población huyendo aterrorizada». Un crimen de guerra en toda regla.
Pero sorprende que quienes exigen memoria por Gernika raramente mencionen el bombardeo de Cabra, ocurrido el 7 de noviembre de 1938, esta vez cometido por la aviación republicana. Decenas de civiles murieron en pleno mercado. El informe del Servicio de Defensa Pasiva describía «las bombas cayendo sobre la multitud indefensa».
¿Dónde está la exigencia de disculpas por aquello? No aparece.La memoria, cuando se vuelve selectiva, deja de ser memoria para convertirse en herramienta política.
Por otra parte, el nacionalismo vasco presenta a menudo a José Antonio Aguirre como una figura impoluta. Y, ciertamente, fue un dirigente clave, un símbolo de resistencia y autonomía. Pero también es verdad —y él mismo lo reconoce en «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín»— que mantuvo contactos diplomáticos con la Alemania de Hitler en 1936 y 1937, en un intento de situar la causa vasca en un tablero internacional convulso.
El historiador Ludger Mees ha documentado esas aproximaciones. No fueron alianzas, pero sí gestiones voluntarias con un régimen cuyo rumbo ya inquietaba a media Europa.
Sin embargo, este episodio suele desaparecer en los discursos actuales, como si la figura de Aguirre debiera ser protegida de sus propias contradicciones. La historia no funciona así: lo que existió, existió.
Santoña: pragmatismo, desesperación o traición. También se omite el Pacto de Santoña, firmado en agosto de 1937 entre el mando vasco y los italianos, es quizá el episodio más incómodo del nacionalismo vasco. Con el frente norte derrumbándose, el Ejército vasco negoció una rendición parcial buscando garantías para sus propios combatientes.
Para muchos republicanos fue una traición. Indalecio Prieto llegó a definirlo como «una deserción en mitad del combate». El general italiano Mario Roatta anotó que los enviados vascos buscaban «salvar a los suyos, no a la España republicana». Gabriel Jackson (historiador), interpretan el pacto como un acto desesperado para evitar una carnicería inútil.
Pero en cualquier caso fue una decisión decisiva que aceleró el hundimiento del frente norte. Y no puede presentarse hoy como un detalle menor o como un capítulo «edulcorado» de la resistencia vasca.
El historiador Stanley Payne describe al PNV como «una fuerza que buscó su propio camino, sin comprometerse por completo con ninguno de los dos grandes bloques». Ese análisis no desacredita al nacionalismo vasco: lo humaniza. Lo muestra como lo que fue: un actor político atrapado en la tormenta de la Guerra Civil, moviéndose entre la supervivencia, el cálculo y los ideales.
Pero la memoria que hoy reivindica el PNV parece borrar esa complejidad para dejar solo la iconografía conveniente. Y eso es, sencillamente, historia incompleta. O toda la memoria o ninguna memoria. Si vamos a hablar de pedir perdón, hagámoslo sin trampas.
Pedir perdón por Gernika es justo. Recordar el dolor vasco es necesario.Pero también lo es recordar Cabra. Y el Pacto de Santoña. Y los contactos con Alemania. Y las contradicciones que marcaron el camino del PNV.
La memoria no puede ser un menú degustación donde se elige solo aquello que conviene al presente. Antonio Machado lo resumió con lucidez: «La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés».
Si queremos una memoria que sirva para reconciliar, deberá ser entera, no parcial; honesta, no instrumental; humana, no partidista.
Y eso exige mirar de frente a toda la historia, no solo a la parte que otorga superioridad moral. Por eso digo y me reafirmo en decir: No a la memoria con ventanillas. No a pedir perdones selectivos. No a silencios pactados. No al arte de reescribir la Guerra Civil según me convenga.
Una vez más hago mía la acertada frase de Antonio Machado. Busquemos siempre el Sí a la verdad, por dolorosa que sea.