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Tarde

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Cierto periodismo español funciona callando mientras conviene. Y únicamente habla cuando ya no hay más remedio, actuando según el interés del momento. Eso se manifiesta en el caso del conde Lecquio. Durante un par de décadas, este individuo se ha paseado por los platós con cierto aire de noble venido a menos, transformándose en un tertuliano permanente. Es ese tipo de personaje que nunca aporta nada, vacío de contenido, pero llena un espacio de tiempo. Engominado, gritón, engreído, pero siempre protegido por las cadenas televisivas. Y ese es el punto clave, la protección. Porque es vergonzoso que se haya jactado públicamente de haber pegado a mujeres, así como suena, y nadie de la industria televisiva haya movido un dedo en su momento. Ni un gesto de rechazo, ninguna referencia a que esto es inaceptable. Naturalmente, mucho menos cerrarle las puertas. Qué va. Lo mantuvieron en nómina, para más inri como colaborador estrella, riéndole las gracias porque priman los índices de audiencia sobre las denuncias sociales. Interesaba que opinara sobre la vida de otros mientras la suya apestaba. Ahora, Antonia Dell’Atte, su ex, muestra la sentencia donde una jueza la absolvió de calumnias. El conde la había denunciado, pero no consideró que a una persona que no miente difícilmente se la puede condenar. Ahora que Antonia enseña el papel, las cadenas reaccionan apartándolo fulminantemente. Lecquio ya no interesa. No queda bien en pantalla. ¿Nos perjudica? Ahí está la puerta. En eso se resume su código ético y no en el daño que provocó en una mujer y en su hijo. Si no es por esa sentencia, seguiría con sus bravuconadas misóginas. Este tipo de periodismo siempre llega demasiado tarde.

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