Barcelona, invierno de 1989. En la terraza casi vacía del Cafè de l’Òpera, dos hombres se sientan muy cerca sin cruzar una sola mirada. Jaime Gil de Biedma ha bajado de su piso del Ensanche para respirar un poco de la ciudad que tantas veces convirtió en escenario moral de sus poemas. Está agotado, al borde de la muerte, pero aún observa a los transeúntes con esa mezcla de ironía y lucidez que lo sostuvo incluso cuando la vida iba en serio. A pocos metros, un joven chileno de pelo revuelto -Roberto Bolaño- traza líneas en una libreta barata. Vive entonces en Blanes, pero va a Barcelona siempre que puede en busca de librerías y amigos. No se ha fijado en ese hombre de abrigo gris, ligeramente encorvado sobre el café, uno de los poetas fundamentales de la posguerra española. Gil de Biedma tampoco se ha fijado en ese joven latinoamericano, alguien dispuesto a llevarse la vida por delante, a escribir algunos de los libros más intensos de su generación. Nunca se conocerán, pero ambos comparten una conciencia de la escritura como construcción de identidad, el distanciamiento de la confesionalidad pura, y la tensión entre emoción y artificio. Los dos dejarán el mundo antes de tiempo.
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