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Una nueva era

El alma de Menorca

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Hay cambios que no hacen ruido pero que transforman la vida de una comunidad. Eso es lo parece que vive hoy Menorca. La marcha de muchos residentes europeos que durante años formaron parte del paisaje humano de la isla coincide con la llegada de personas que buscan aquí una oportunidad que sus países no les ofrecen. En medio de ese cambio silencioso, la isla podría preguntarse quién es y qué puede seguir siendo.

Al pasear, concretamente por Mahón, me llama la atención cómo ha cambiado su paisaje humano. Podríamos pensar que estamos en Colombia, en Marruecos quizás, si el entorno urbano no nos dejase tan clara la diferencia de sociedades.

Durante décadas, fundamentalmente muchos británicos, italianos y algunos franceses han encontrado en Menorca un lugar donde vivir con calma, invertir y mantener una forma de convivencia estable y similar a la suya. Eran vecinos que apenas necesitaban del sistema público de ayudas y que, sin embargo, aportaban actividad económica, rehabilitaban viviendas, apoyaban el comercio local y daban continuidad a la vida fuera de la temporada turística. El paisaje social, con su presencia, no resultaba tan distinto, no por su fisonomía europea, sino por las costumbres, su cultura y las formas de vida que compartimos. Su marcha no es solo una estadística: es un cambio profundo en el entramado social de la isla.

Al mismo tiempo, llegan personas desde realidades mucho más difíciles. Llegan con esperanza, pero también con vulnerabilidad. Muchas no cuentan con recursos económicos ni una red que les sostenga, y necesitan ayudas inmediatas: apoyo para la vivienda, asistencia alimentaria, becas para sus hijos, programas de inserción laboral, acompañamiento social, asistencia sanitaria… Son ayudas necesarias desde el punto de vista humano, pero que también representan un esfuerzo creciente para unos servicios públicos que ya estaban cerca del límite.

La vivienda es quizás el nudo más tenso de esta transformación. Sin un hogar digno, nadie puede empezar una vida nueva. Pero Menorca, como muchos otros territorios, sufre de una oferta escasa y cada vez más inaccesible, lo que obliga a muchas personas recién llegadas a compartir pisos con demasiados ocupantes, generando situaciones de hacinamiento que dificultan la convivencia y la integración. Quien vive sin espacio, sin intimidad y sin estabilidad difícilmente puede construir raíces.

A esta fragilidad se suma otro desafío: la convivencia entre culturas. Cada persona trae consigo una manera distinta de vivir, de educar, de habitar la calle, de entender la familia y la comunidad. La diversidad puede enriquecer, pero requiere tiempo, herramientas y acompañamiento y, sobre todo, no se puede renunciar a las costumbres y la cultura del que recibe. Cuando la llegada es rápida y la adaptación no se puede trabajar con calma, surgen tensiones pequeñas pero persistentes en el día a día: diferencias en los horarios, en el ruido, en el uso de los edificios, en la educación y el respeto, en las normas informales que siempre han regido la vida menorquina.

No se trata de señalar culpables. No es un conflicto entre los que estaban y los que llegan. Es un conflicto entre lo que la isla puede absorber y lo que está recibiendo sin planificación ni recursos suficientes. Al perder una población que aportaba estabilidad económica y recibir a personas que necesitan un sostén inicial fuerte, la estructura social se desequilibra de una forma notable. Y si además los jóvenes de la isla deben marcharse para encontrar oportunidades, la sensación de desajuste se hace todavía mayor.

Me pregunto: ¿Qué tipo de comunidad quiere ser Menorca? ¿Una que actúa tarde, intentando contener tensiones que van estallando?, o ¿una que se anticipa, entiende su realidad y diseña un plan que permita acoger sin perder su esencia? La humanidad no está reñida con la responsabilidad. Ayudar es un deber moral, pero hacerlo bien es un deber colectivo.

Creo que Menorca siempre ha sabido ser un lugar de calma, de respeto y de convivencia. Mantener esa identidad en medio de un cambio tan rápido no será fácil, pero es posible si se actúa con honestidad, realismo y sensibilidad. Porque lo que está en juego no es sólo el futuro de quienes llegan, es el futuro de cómo queremos convivir juntos en esta isla que, para muchos, ha sido siempre un refugio. Por otra parte, deberíamos tener en cuenta que el turismo, aun siendo una carga poblacional, no cambia el alma de la isla, sin embargo es donde estamos poniendo el foco.

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