«Cuando compras algo no lo pagas con dinero, lo pagas con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para obtener ese dinero». Pocas sentencias han envejecido con tanta lucidez como la de Pepe Mújica, sostenida por la autoridad moral de quien supo vivir con admirable austeridad. En vísperas navideñas, cuando el mecanismo del consumo se activa como un resorte automático, conviene detenerse un instante y escuchar esa advertencia. Antes de lanzarnos a la compra compulsiva, pensemos qué es realmente necesario. No nos entreguemos dócilmente a la servidumbre del mercado, esa prisión amable que confunde elegir con acaparar. Y menos aún cuando se trata de nuestros hijos porque cada regalo es una lección, y en el gesto se fragua una pedagogía silenciosa. Bastante carga arrastran ya, cercados por redes sociales que venden como necesidad lo que solo es moda disfrazada de urgencia. Con el miedo al rechazo de fondo.
Resulta paradójico, casi grotesco, que sean algunas marcas las que nos exhorten a compartir tiempo en lugar de multiplicar compras. No nos engañemos: es un ejercicio de cosmética emocional, una maniobra de marketing que busca que bajemos la guardia justo antes de pasar por caja. Pero incluso en esa impostura late una verdad incómoda: saben que el mensaje conmueve, que apela a algo esencial, aunque luego se esfume ante la hipnosis de los escaparates. El humano, tan proclive a la acumulación, se deja arrastrar por modas que lo empujan a gastar sin límite, como si la abundancia material pudiera rellenar vacíos.
Cada diciembre asistimos al mismo ritual: aglomeraciones en tiendas, colas interminables, prisas envueltas en celofán. La Navidad se ha convertido en un examen de solvencia afectiva donde el cariño parece medirse en tickets. Regalamos por inercia, por compromiso, por miedo a desentonar. Y, en esa deriva, elegimos a menudo lo más caro antes que lo más útil, como si el precio pudiera sustituir a la intención. Cambiamos horas de descanso, de conversación, de convivencia genuina por objetos destinados a un gozo efímero. Cuánta razón tenía José Luis Sampedro cuando reclamaba una economía al servicio de la vida y lamentaba que la felicidad hubiese quedado reducida al consumo. Su reflexión cobra vigencia en estas fechas, cuando confundimos plenitud con exceso y celebración con consumo.
No se trata de renunciar al gesto de regalar, sino de liberarlo de su vertiente más perversa. Dejar de perseguir lo más caro y apostar por lo que nunca se devuelve en enero: tiempo, escucha, vínculos reales. Quizá la mayor resistencia frente al consumismo navideño sea recordar que el afecto no necesita envoltorios. La Navidad podría invitarnos al cambio. Porque, al final, lo verdaderamente importante no tiene precio.