Suficientemente se ha comentado estos días lo que concierne al nuevo reglamento lingüístico del Consell Insular de Menorca. La noticia de que se ha incluido el castellano en este reglamento, así como las formas propias de nuestro querido menorquín, ha estado en boca de las hordas catalanistas de nuestra roqueta, que no han perdido tiempo en llevarse las manos a la cabeza ante tal obvia cuestión: el menorquín y el castellano son las lenguas que, con toda normalidat y sin imposiciones, han conformado el talante de nuestra amada isla ya desde la época de los Reyes Católicos. Nuestros autores principales, como Ángel Ruiz y Pablo o Deseado Mercadal, nos han dejado su legado de obras tanto en la lengua patria como en el precioso menorquín vernáculo, en el que l’amo en Xec y su autenticidad insular se desenvolvía entrañablemente en la metrópolis barcelonesa. Y no hablemos de los cantos folklóricos que emanan del pueblo y que bien recuerdan aquellas estrofas «que son peligrosas...».
Mucho se ha hablado de la necesidad de proteger el menorquín ante la uniformidad del catalán estándard. Porque muchos somos los que sabemos que antes de que Alfonso III de Aragón llegara y cristianizase la isla, los habitantes de Menorca ya hablaban en menorquín. Así se expresaba el mismísimo Abu Umar, apodado ‘es moro’ por sus coetàneos. En cambio, poca atención se presta a la influencia lastimosa que tiene el castellano estándard sobre nuestra manera particular de hablar esta preciosa lengua. Y ese bochornoso descuido ha llevado a hacer retroceder hasta la práctica extinción nuestras propias formas castellanas.
Y es que, entre tanto lamento (compartido) por el menorquín, quiero alzar la voz ante tanto descuido y nula preocupación por nuestras formas castellanas tan arraigadas durante siglos. Mucho se habla del ca y del moix (y no gos y gat), pero nadie habla del puesto (y no sitio). Y es porque quien defiende el castellano en Menorca siempre habla desde el centro, desde el supuesto estándard, desde la Castilla más castiza, la que ha impuesto en el aprendizaje del castellano en las escuelas e institutos las formas más centralizadas de la lengua, mientras abominaba de nuestras formas propias. Y hablemos claro: no queremos más imposiciones. No sé si estaremos a tiempo de recuperar nuestras formas, pero debemos recogerlas y defensarlas (no defenderlas) con orgullo, porque son nuestras tseñas (no señas) de identidat (no identidad, que algunos pronuncian casi sin consonante final o bien con una ridícula -z). Porque aquí no nos sumergimos, hacemos una sota. Aquí no decimos las seis o las siete, decimos las tseis y las tsiete, no decimos dos semanas, sinó dos tsemmanas. No decimos ¿Vas a venir? sinó ¿Que vendrás? Porque la supresión de ese que delante de las preguntas es la supresión de nuestra particularidat. Aquí no apagamos la luz, cerramos la luz. Aquí no respetamos a nadie, lo respectamos. Aquí no nos duele la garganta, nos duele el cuello. No decimos ya voy, decimos ahora vengo. Muy poca gente ya se acuerda que (no de que) el sonido de la j ([x] en alfabeto fonético) y la z [θ] no se pronunciaban en nuestro secular castellano. El motivo: porque quien dice defender el castellano como lengua de Menorca no sabe como se ha hablado en castellano durante tantos años en nuestra querida roqueta. Y esto es un error imperdonable. Bien recuerdo a mi abuela Cuanita, cuando iba a comprar la letche a la letchería, y entraba a la tienda (no en la tienda) a comprar camón dulse. Solo falta que nos quieran imponer bailar el chotis. Aquí bailamos cotas y fandangos. Sí, cotas, así lo han dicho siempre los que a ello se han dedicado. Es nuestra forma de entender el mundo, nuestro particular casteplano. Así lo reflejan las cansiones, que hacen uso de esta forma de entender nuestra particularidat, en algún caso quizás un poco exagerado: «Esta noche ha plagudo / y los campos están mollos / y para venir a verte / me he mojado los jonollos».
Los responsables de este olvido deberían pedir disculpas al pueblo menorquín. Las instituciones han de hablar como el pueblo.