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Una nueva era

Ellos y nosotros, nosotros y ellos

| Menorca |

No sólo es agotador, es preocupante. Muy preocupante. La sociedad vuelve a dividirse en dos grandes bloques, manejados con habilidad por la política y alimentados por la hartura colectiva que nos atraviesa. Cada vez escuchamos más hablar «de los otros», «de ellos», como si antes existiera siempre un «nosotros» incontaminado y puro.

Ellos son los distintos. Los que no piensan como nosotros. Los que no comulgan con nuestras creencias ni con nuestros principios. Los que, según parece, «no entienden nada» y a los que, por tanto, hay que combatir, silenciar o directamente cancelar.

Cuando camino por las calles -sobre todo en las grandes ciudades- intento adivinar quién es «ellos» y quién es «nosotros». A veces, por azar, descubro que alguien que yo habría colocado en un grupo pertenece al otro. Y me sorprendo. ¿Quién decide dónde empieza uno y termina el otro? ¿Quiénes somos «nosotros»? ¿Quiénes son «ellos»?

En la comunidad de vecinos convivimos muchos «nosotros» y muchos «ellos». Personas, ante todo personas, que madrugan, trabajan, llevan a los niños al colegio y regresan cansadas. Personas absolutamente indistinguibles porque todos, cada día, buscan lo mismo: un sustento, un poco de paz y la esperanza de una felicidad posible.

El metro va lleno de «ellos» y de «nosotros». No llevan camisetas de un bando u otro, pero sus rostros muestran una creciente mueca de tensión, de recelo, incluso de odio sordo. A veces alguien levanta la vista del móvil y mira alrededor, intentando identificar si viaja con «ellos» o si, por fin, está rodeado de «nosotros».

Es insoportable. La crispación que antes se cocía lentamente en tertulias, bares y sobremesas ahora se multiplica a la velocidad del rayo en cada pantalla. Ese eco permanente de enfrentamiento está erosionando nuestra paz social casi sin que nos demos cuenta.

En mi propia familia hay «nosotros» y hay «ellos». La tirantez asoma en las conversaciones, en los silencios, en los temas que evitamos para proteger la armonía y no herir lo que más importa: nuestros afectos. Los estudios sociológicos nos dicen que usualmente el enfrentamiento familiar generaba discusión. Hoy, entre el 5% y el 10% de las familias españolas reconocen fracturas.

Escuché una metáfora que me gustó especialmente: la humanidad es como un océano. Cada uno de nosotros es una gota que, en ocasiones, se convierte en ola, se eleva, se agita… y termina regresando a la inmensidad común. Olvidamos esa unidad esencial mientras nos medimos constantemente con «ellos», como si deseáramos que todo estallara.

Así se fracturan las sociedades. Así empiezan las guerras. Recordamos el pasado con solemnidad, pero no aprendemos de él. Y la mecha sigue ahí, esperando una chispa. Politólogos y políticos lo llevan advirtiendo años. El propio Felipe González lo expresó con claridad el día que recibió el Toisón de Oro:

«La gran cuestión histórica de España, la que la atraviesa desde su origen, es la convivencia entre los españoles. No es cierto, nunca lo fue, que tengamos un problema con España; lo hemos tenido entre nosotros. Por eso creo firmemente que nuestros problemas solo tienen una solución aceptable si se afirma la paz civil como valor supremo. Entender esto fue la grandeza de la Transición… La confrontación como principio es dañina para todos los pueblos, y ha demostrado serlo en grado extremo para el nuestro. Por eso, en este tramo final de mi vida, se acentúa en mí la convicción profunda de que el cometido más importante que tenemos los españoles es preservar a toda costa esta paz civil.»

Nos va literalmente la convivencia en ello. Porque «ellos» y «nosotros» somos, al final, el    mismo océano.. Si permitimos que la fractura sea más fuerte que el vínculo, perderemos todos. Sin excepción.

Hace unos años se llevó a cabo un experimento sociológico que creo documenta este artículo. Animo a verlo. Ayuda a relativizar y a comprender.

https://www.youtube.com/watch?v= ygJD7FhN-RQ

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