Veo a diario infinidad de comentarios en redes sociales de hombres acomplejados que lloriquean por el ascenso del feminismo y que despotrican contra esas mujeres feas, gordas y viejas que se abonan a la defensa de sus derechos. Su visión coincide con la que solían tener de las lesbianas los energúmenos: camioneras y marimachos con bigote. Luego descubren que hay auténticas beldades que prefieren el amor de otra mujer y bellezones impactantes que son capaces de pensar con sus propias neuronas y defender sus derechos y libertades. Y ahí les entra el pánico: no están a la altura.
Al mismo tiempo que todos estos chillan sus berridos ofensivos, la prensa nos brinda titulares demoledores: cada 24 horas en España son detenidos nueve hombres por violación, cada día se denuncian catorce violaciones y 43 agresiones sexuales, en gran parte cometidas por hombres jóvenes extranjeros, sobre todo de África y América del Sur. Y eso que los entendidos creen que solo se denuncia poco más del diez por ciento de los asuntos relacionados con este tema.
Curiosamente, mientras los delitos sexuales crecen con vigor, el resto de la delincuencia se contiene. El punto focal está en Catalunya, con cifras alarmantes en sus cuatro provincias, seguidas con menor incidencia por Balears y País Vasco. Pero, ojo, a pesar de lo llamativo de estas cifras, resulta que España está a la cola de toda Europa -solo nos gana Portugal- en denuncias por delitos sexuales. El resto de países son el infierno para las mujeres. O quizá solo sea que son más valientes y denuncian más. Sabiendo esto, la pregunta obvia es: ¿Necesitamos más feminismo? ¿O mejor nos quedamos calladitas y seguimos consintiendo toda clase de denigrantes abusos?