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Historias desde el museo

¿Un gasto superfluo?

| Menorca |

Era la cosa más bonita que jamás habían visto, aquel rojo intenso con detalles en amarillo le daba un aspecto solemne, como de bandera, los cromados relucientes devolvían unas distorsionadas caras que a los niños hacía reír. Todo el pueblo desfiló para contemplarlo. Tadeo, el alcalde, posaba satisfecho junto a él dando todo tipo de explicaciones y contestando, en un alarde de imaginación inventiva, a cuantas preguntas le formulaban los vecinos. Hubo hasta bendición de D. Román, el cura, y corte de cinta que vino a presidir el gobernador civil, artífice del milagro. ¡Ahora sí!, con este camión de bomberos ya no habría más peligro de incendios. El año pasado, un incendio estuvo a punto de llevarse medio pueblo por delante. Refrescar las casas colindantes para evitar su propagación, se vio dificultado por la altura de algunas de ellas, el agua de los cubos no llegaba tan alto. El nuevo artilugio, una motobomba acoplada a un depósito, sería la solución.

La vida del pueblo giraba en torno a la iglesia, las reuniones de vecinos y la lectura de los bandos municipales se llevaban a cabo en su atrio; allí, en un tablero se exponía toda la información importante, la película que proyectarían el domingo en el casino, el horario de misas, y el servicio contraincendios. El camión, no incluía personal profesional de dotación, se decidió entonces que los propios vecinos cubrirían el servicio. Todos los hombres del pueblo con facultades –lo que hoy denominaríamos, en edad militar-, cubrirían el servicio. Con la entrega del camión,    además del manual de instrucciones, vino un técnico que explicó su manejo e impartió unas lecciones teórico-prácticas a las cuales fueron «invitados» todos los hombres del pueblo; aprendieron no solo el cómo, también el por qué, y el para qué; a evitar las causas y a mitigar las consecuencias; en suma, adquirieron capacidades de las que carecían.

(*) Con el paso de los años, a falta de incendios –gracias a las capacidades adquiridas-, los vecinos del pueblo cada vez veían con más desagrado hacer el servicio de bomberos que, además de robarles tiempo, suponía todo un compromiso, pues con los años se adquirió un material más complejo de manejar. Decidieron entonces que lo mejor era contratar profesionales que les sustituyeran, cambiaron su tiempo por su dinero. Pasaron los años, y la vinculación que todos en el pueblo había tenido con el servicio de bomberos cayó en el olvido, perdieron la capacidad. La desafección les llevó a verlo como algo ajeno, como un gasto superfluo; y aún hubo algún insensato que propuso anular el servicio, «cuando haya algún incendio alguien vendrá a apagarlo» decían ingenuos. Al cabo, solo quedó el recuerdo romántico en los adultos, y la idea deformada en los jóvenes que nunca lo conocieron.

Los pueblos primitivos, cuando la familia tendió al clan y los clanes se juntaron en tribus, se hicieron sedentarios. El poblado, por lógica optimización de recursos, fue especializando a sus habitantes en los distintas tareas conforme a sus habilidades o cualidades; entre los mejor dotados físicamente se constituyo la base de la seguridad, -la defensa era labor de todo el poblado-, vigilar, mantener las armas, instruir a los jóvenes, dirigir el combate, en definitiva lo que podríamos hoy llamar «soldados». El soldado profesional perdura a lo largo de los siglos, ensalzado en la victoria o criticado en la derrota, héroe y mártir –va en el sueldo–. Tendemos a pensar que la guerra era en la antigüedad tan común como en la actualidad extraña; pero la realidad es que, según informe de la ONU, hay actualmente cincuenta y seis conflictos armados en el mundo -no todos salen en televisión, claro-. La guerra, el deporte de los reyes, ocupaba a los soldados profesionales que se contrataban para ello, el pueblo –salvo daños colaterales- vivía ajeno a este juego. A comienzos del XIX con la llegada del Nuevo Régimen, el súbdito es ahora el ciudadano, la Nación no pertenece al Rey sino al pueblo y corresponde a este su defensa, surge el concepto «el pueblo en armas», se instaura el Servicio Militar Obligatorio. Dos siglos y muchas generaciones, generaron un vínculo, ahora perdido.

Con el fin de no repetirme, ruego al paciente lector que vuelva a leer el párrafo marcado con (*), pero cambiando incendio por guerra y bombero por soldado. «Pagando, siempre habrá alguien dispuesto a matar por ti, pero … ¿y a morir?». No se engañen, cuando surja el incendio, nadie vendrá a apagarlo.

Nota: Siendo niño, aún llegué a conocer en el pueblo el servicio ciudadano contraincendios, desapareció a finales de los sesenta.

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