Me gustaría que el mundo no fuera tan imprevisible, tan peligroso, tan caótico. Me gustaría que ningún endiosado prepotente llegase a presidente de ningún país, de ninguna autonomía, ni siquiera a presidir una comunidad de vecinos. Me gustaría que en el parlamento de diputados la música fuera en armonía y al compás sin Tellados lanzando vaharadas de rencor, abonando y estercolando con frecuencia su barbecho del político al que ya alguien le dijo desde el hemiciclo «¡no tiene usted vergüenza!»; me gustaría que ese tipo de persona no tuviera sitio en la sede de la palabra democrática y educada. Me gustaría ser yo mismo quien escribiese en el Diari mi propio obituario; no diría mucho, quizá bastase con decir: «lo hice lo mejor que pude», sujeto siempre por el freno y el respeto a las más elementales normas de la plural convivencia. Me gustaría terminar ya el libro que estoy escribiendo que ya va por algo más de la mitad y verlo recogido en letra impresa. En cualquier caso me gustaría que mi hija recogiera el original y lo conservase probablemente como el último libro que escribió su padre. Me gustaría que en mi sepultura mi hija mandase poner una lápida con el siguiente texto: «os lo dije, yo lo sabía».
Me gustaría que los tomates por fin volvieran a oler y saber como solían y no como ahora que al menos por donde yo suelo ir a comer ni huelen ni saben. Me gustaría que a mi biblioteca, que pasará a manos de mi mujer y mi hija, la cuiden como la cuido yo. Me gustaría que ya no hubiera niños enfermos en la planta de oncología del hospital de la Princesa ni en ningún otro hospital; siempre lo he pasado mal cuando he ido a visitarlos, ver a niños que no conocen nada de la vida pero que ya saben que padecen cáncer, el cáncer más inexplicable. Me gustaría que los Reyes Magos no dejasen a ningún niño sin un juguete aunque fuera un labubu. Me gustaría que no hubiera guerras ni que los seres humanos maten a otros seres humanos que ni siquiera han visto en su vida y que nada les han hecho. Me gustaría que no hubiera gente tan rica ni gente tan pobre.
Me gustaría que algún laboratorio diese con la vacuna del sentido común porque la mala baba de algunos no se quita con bicarbonato. Me gustaría que ningún ser humano tenga que dormir en la calle mientras otros duermen en palacios. Me gustaría que ningún padre o madre se encontrase ante sus hijos con la amargura de ver que se acaba antes la comida que el hambre. Me gustaría que la vejez no convierta al ser humano en un estorbo en vez de en una reserva de sabiduría. Me gustaría que una mujer para sentirse guapa no tuviera necesidad de maquillarse conformándose con la maravillosa belleza que dios le ha dado.
Hay miles de cosas que me gustarían pero no tengo el espacio que me gustaría tener para ponérselas a ustedes.