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Viento en popa

| Menorca |

Apunto de cerrar, 2025 se me antoja un año preocupante, siempre recordando que vivimos en un tiempo de cambios continuos, algunos tan radicales que ni siquiera los vimos venir. En las Illes Balears, la palabra que mejor define el año quizá sea «contención». Tras las cifras récord de visitantes de 2024, el turismo se moderó sin desplomarse –aunque hay quien se muestra descontento–, con un difícil equilibrio entre riqueza y sostenibilidad (una palabrita de moda que aquí se define como la capacidad de satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la de las generaciones futuras). La población siguió creciendo entre nosotros, aunque de forma muy leve, facilitada sobre todo por la llegada de residentes extranjeros. Y el verano, uno de los más cálidos de la historia reciente, nos recordó que el cambio climático no es un bulo, sino un presente que ya rige nuestra vida cotidiana. España, por otra parte, vivió un año marcado por la vivienda, la inmigración y la fiscalidad. Alquileres altos, llegada constante de nuevos habitantes, reformas de impuestos que dicen que redundan en el bien de todos, aunque escuecen al contribuyente. Y cuando algo te escuece, algo tuyo se quema. En el mundo, las guerras continuaron marcando la agenda internacional, mientras la diplomacia buscaba espacios de entendimiento que casi nunca llegan. El G20 celebrado en Johannesburgo señaló la creciente importancia del hemisferio sur, y la cumbre de París sobre inteligencia artificial dejó patente que la tecnología avanza más deprisa que la regulación. Al mismo tiempo, los fenómenos climáticos extremos se repitieron con una intensidad apabullante: 2025 será recordado como uno de los años más cálidos jamás registrados. Y más trágicos, sobre todo en Valencia –sin olvidar ciclones y borrascas con nombrecitos raros en todo el mundo. En Valencia aún resuenan los gritos de los muertos antes de ahogarse, sin que las autoridades dieran pie con bola. Gaza se tiñó de sangre –y no creo que la crueldad pueda justificarse ni vaya a traer nada bueno. Un año de nombres significativos que lo dicen todo: Netanyahu, Putin, Zelenski, Trump, Kim Jong-un, y rencillas de políticos, defraudadores y corruptos, cárceles, violencia de género (antes: la maté porque era mía), giros a la derecha y a la izquierda... Camilo José Cela lo resumiría diciendo: «Dios nos coja confesados». Y añadiría: «¡Coño!». Y, sin embargo, aquí estamos: a punto de entrar en un nuevo año, con más moral que el Alcoyano.

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