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Historias desde el museo

¡Todos camareros!

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Tenía en la chaquetilla un pequeño bolsillo en el que introducía tres dedos y extraía algo que depositaba en una pequeña mano que se cerraba -una moneda nunca visible-, Carlos devolvía a cambio una sonrisa «gracias abuelo», una caricia en la mejilla y un leve gesto de aprobación era toda la respuesta, todo muy discreto, al fin y al cabo estaba trabajando. El abuelo de mi amigo Carlos era camarero en una de las cafeterías de postín que había –y sigue habiendo– en la Plaza Mayor, señores con corbata, periódicos abiertos, limpiabotas ofreciéndose, señoras elegantes y algún turista despistado. El fijador daba a su cabello ralo el aspecto de estar dibujado a tiralíneas, el blanco insultante de la chaquetilla y la raya almidonada del pantalón que apenas tocaba el zapato –negro de cordones, por supuesto– le daban una apariencia siempre pulcra. Trataba a la mayoría de los clientes por su nombre –siempre con el ‘don’ delante–, se movía lo justo sin mariposear entre las mesas, estático en una esquina barría el espacio con la mirada atento al más leve gesto de un cliente llamando su atención; rara vez sonreía, serio como un mayordomo de película. «Abuelo, ¿qué te hubiese gustado ser?», «camarero» le contestó, con un orgullo en la mirada que no dejaba lugar a dudas. Procedente de una familia rural muy humilde, trabajar con las manos limpias, haber cambiado alpargatas por zapatos, pañuelo por corbata, y el pueblo por mundo elegante y hasta cosmopolita –chapurreaba algo en otras lenguas–, era para él suficiente motivo de superación.

¡Todo tiene un precio!, ¿Todo?, pues sí, aunque no siempre monetario, no siempre material; orgullo, fama, honra, amor. Ventas a menudo vergonzantes, cada uno tiene su precio, cada uno se vende por lo que quiere –o por lo que puede–, «¡Pero oiga!, ¿por quién me toma, qué se cree que soy?» le dijo muy digno, «No se sulfure caballero, lo que Vd. es lo sabemos los dos, ahora solo se trata de ponernos de acuerdo en el precio». El 1 de enero de 1986 España ingresó en la CEE, según acuerdo firmado en Madrid el año anterior; que íbamos a entrar estaba claro, lo que no estaba muy claro –lo estaba, pero no lo contaron- era a qué altura quedarían los pantalones, cuál sería el precio. Sabían lo que éramos, solo faltaba ponerse de acuerdo en el precio. «Era un tren que había que coger, aunque en la maniobra nos rompiéramos una pierna» que dijo un ministro de entonces. Cuarenta años después seguimos arrastrando la cojera que nos dejó aquella fractura, será por ello que nos movemos a una velocidad menor.

¿Qué quería Europa de nosotros?, nuestras necesidades como consumidores, vendernos bienes. ¿Qué queríamos nosotros de ellos?, lo mismo. ¡Ingenuos! nada de lo que queríamos venderles les interesaba, minería, altos hornos, siderurgia, textil, automoción, astilleros, no eran competitivas, nos dijeron. Nuestro futuro era ser la «granja» de Europa, y así cambiamos carbón por pescado, tornillos por vino, coches por aceite. «Si no tienes dinero no te preocupes, yo te lo doy» nos dijeron, que habría que devolverlo nadie lo dijo, claro. Las subvenciones trajeron engañosa abundancia efímera, la posterior entrada de otros países más necesitados que nosotros, nos colocó al final de la lista de espera.

Todo fue una trampa, al cabo, nos contaron que nuestros tomates y aceite salía muy caro, que mejor comprarlo fuera a terceros países, aunque no cumplan las normas –ni laboral ni sanitaria ni industrial–. Y así, amarramos barcos, arrancamos cepas, y cortamos olivos. Si ya no fabricamos tornillos por que se los compramos a ellos, pero ellos ya no compran nuestros tomates porque los traen de fuera ¿a qué se supone que tenemos que dedicarnos? Hemos dejado de ser la granja de Europa para convertirnos en el «Parque temático» de Europa, sol y playas, paellas y folclore. Cerremos las universidades, abramos más escuelas de hostelería, no más ingenieros, a partir de ahora todos camareros.

«Que queréis» nos preguntó con voz cansina mientras sacaba una PDA para anotar. «¿Para esto he estudiado yo una carrera?» pensó. Burgués de clase media, cambió la ropa de marca por un polo con el logo de la hamburguesería, algo temporal –pensaba–, a diferencia del abuelo de Carlos, él nunca quiso ser camarero, y claro, donde no hay vocación no hay voluntad, y sin voluntad la excelencia y el trabajo bien hecho no existen. La alternativa, entregar su alma a una empresa con nombre extranjero compartiendo piso a una hora del trabajo, ¡un mileurista más!

En mi juventud, durante años, sufragué mis aficiones deportivas trabajando como camarero los fines de semana, es un oficio duro que requiere conocimiento y paciencia, ¡Va por ellos!

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