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Levantando el velo

El movimiento ‘woke’ amenaza nuestra cultura occidental

| Menorca |

Vivimos un tiempo de profunda confusión cultural en el que conceptos nobles como la igualdad, la dignidad o la justicia social han sido absorbidos por una ideología que, lejos de unir, divide; lejos de liberar, somete.

Bajo el paraguas del llamado wokeismo se está consolidando, a mi entender, una nueva religión secular que no admite disidencia y que aspira a sustituir el legado cultural, moral y espiritual de Occidente por un sistema de creencias dogmático, identitario y profundamente intolerante con la discrepancia. No estamos ante un simple cambio de sensibilidades, sino ante una mutación de nuestra civilización que merece ser analizada sin miedo y sin complejos.

El wokeismo se presenta como un movimiento moralmente superior, investido de una autoridad incuestionable. Define al ser humano no por su condición racional, su dignidad intrínseca o su capacidad de responsabilidad, sino por etiquetas identitarias que lo encasillan de forma permanente. La persona deja de ser un individuo para convertirse en miembro de un colectivo victimizado o culpable, según criterios raciales, sexuales o culturales.

En este esquema, la historia de Occidente se reduce a una caricatura: un relato continúo de opresión, colonialismo y patriarcado, sin espacio para los matices, los avances ni las conquistas morales que han permitido el desarrollo de derechos, libertades y democracia.

Uno de los rasgos más inquietantes de esta ideología es su desprecio por la verdad objetiva. Así, la razón, el debate y la evidencia son desplazados por la «experiencia vivida», elevada a categoría absoluta e incontestable.

Hoy discrepar deja de ser un ejercicio intelectual legítimo para convertirse en una agresión moral. El lenguaje, por su parte, se transforma en un instrumento de control: palabras prohibidas, conceptos vigilados y una constante amenaza de cancelación que empobrece el pensamiento y fomenta la autocensura.

Este marco moral necesita culpables, y los encuentra en una figura simbólica bien definida: el hombre occidental, heredero de una tradición cultural concreta, convertido en chivo expiatorio de todos los males históricos. Se instaura así una nueva forma de pecado original, no basado en los actos individuales, sino en la pertenencia a una identidad colectiva. Esta lógica no conduce a la justicia ni a la reconciliación, sino al resentimiento y a la confrontación permanente.

El ataque al legado cultural occidental es una consecuencia directa de esta visión. El canon literario y filosófico es revisado con criterios ideológicos anacrónicos, y grandes autores son juzgados no por la profundidad de su pensamiento o su valor universal, sino por no ajustarse a los parámetros morales actuales.

La filosofía clásica, que ha conformado nuestro pensamiento,    es reducida a una expresión de poder, el humanismo cristiano es tratado como una reliquia opresiva y la herencia grecorromana es presentada únicamente como un sistema de dominación. Olvidan deliberadamente que de esas tradiciones nacieron la idea de ley, la noción de persona, la dignidad humana, desde su concepción hasta su muerte, y el principio de que el poder debe estar sometido a la razón.

Pero, este proceso no se limita al ámbito cultural, sino que tiene claras implicaciones políticas y sociales. Ya que la política identitaria fragmenta la sociedad en grupos enfrentados, debilitando los vínculos comunes que hacen posible la convivencia. Por otra parte, la cultura de la cancelación sustituye al debate por el castigo moral, y la educación abandona el rigor intelectual para abrazar consignas emocionales y adoctrinamiento ideológico. Incluso instituciones fundamentales como la ciencia, la justicia o la democracia ven erosionada su credibilidad cuando se subordinan a dogmas cambiantes.

Conviene señalar, además, que este fenómeno no es espontáneo. Grandes organismos internacionales, fundaciones privadas, corporaciones multinacionales y plataformas tecnológicas han adoptado el discurso woke como parte de una estrategia de poder blando. Así, la adhesión pública a estas ideas se convierte en requisito para obtener legitimidad social, financiación o visibilidad, mientras las voces críticas son marginadas o silenciadas. El resultado es una sociedad cada vez más homogénea en apariencia, pero más frágil y polarizada en el fondo.

Ante esta deriva, considero imprescindible una reacción cultural que no sea violenta ni excluyente, sino firme y consciente. No se trata de idealizar el pasado ni de negar los errores cometidos por Occidente, sino de defender aquello que ha demostrado ser valioso y universal: la primacía de la razón, la libertad de conciencia, la dignidad de la persona y la búsqueda de la verdad. Y es que, sin un fundamento ético y espiritual, toda moral acaba siendo un instrumento de poder al servicio del más fuerte o del más ruidoso.

La resistencia a esta nueva ortodoxia no empieza en grandes proclamas, sino en acciones personales y cotidianas. Empieza por negarse a aceptar consignas sin reflexión, por leer a los clásicos sin pedir perdón, por educar a los hijos en el pensamiento crítico y no en el victimismo, por defender la libertad de expresión incluso cuando la opinión ajena nos incomoda; y continúa en el compromiso con la verdad, en el respeto al otro como individuo y no como etiqueta, y en la valentía de disentir sin odio ni miedo.

También implica apoyar una educación exigente, valorar la cultura propia sin despreciar otras, fortalecer la familia como espacio de transmisión de valores y participar activamente en la vida cívica sin delegar la responsabilidad moral en ideologías de moda. En definitiva, se trata de vivir de acuerdo con convicciones sólidas y no con dogmas impuestos.

Se equivocan quienes piensan que el wokeismo es una simple moda pasajera. El wokeismo es un proyecto que aspira a redefinir nuestra civilización desde sus cimientos. Por todo ello y más, frente a él, la respuesta no debe ser el silencio ni la resignación, sino la reafirmación serena de aquello que nos ha hecho libres. Defender la razón, la cultura y la dignidad humana no es un gesto reaccionario, sino un gesto revolucionario y un acto de responsabilidad. Y esa defensa empieza, siempre, por cada uno de nosotros.

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