Me ha gustado el artículo de mi amiga Ángels Andreu, publicado el pasado día 26 en el Diari Menorca, sobre lo que ha significado Joan López Casasnovas en la vida sociocultural de Menorca y de todo nuestro entorno territorial. Me permito hacer algunas pequeñas aportaciones que, estoy seguro, Ángels aceptará con esa sensibilidad y su sonrisa tan sana y abierta que la caracterizan.
La gran diferencia entre muchos de los intelectuales de finales del siglo pasado y los de este primer cuarto del siglo XXI es que Joan tenía muy presente su conciencia de clase, su formación académica y la praxis en la vida sociocultural.
Cuando me corresponde opinar sobre mi estimado amigo y hermano, siempre lo sitúo en la idea del intelectual colectivo. No fue nunca una figura aislada, suelta en un mundo de vanidades, individualismos y narcisismos, sino una persona profundamente comprometida con la construcción de un mundo más solidario, con menos desigualdades, donde se respetarán los derechos humanos, la diversidad y el pluralismo cultural de los pueblos del Estado.
Comprendí y compartí ese compromiso, y por eso mantuvimos una relación estrecha en la que confluyeron muchas personas que pudieron y pueden ser testimonio de su bonhomía: Manu Casasnovas, Andreu Bosch, Ignasi Mascaró, Gustau Juan, Ferrán Torres, Silve Pons, Miquel Casasnovas, Xiscu Triay, Pito Bagur, Arturo Fullana, Monjo, Alfonso Medina ,Rafael Riudavets, Miquel Vanrell, Agueda Febrer Pons, Matilde Gomila, Tòful Martí Poyuelo, Carles Barber, Joana Barceló, Magda Amorós, Miquel Sintes Andreu, Juan Illescas, Jenny Mandret, Assumpta Gorrías, Pilar Vinent, Rafel Ribó, Francesc Vallverdú, Marçal Tarragó, Ignasi Riera, Josep Seguí, Josep Antoni Pons Roca, Amàlia Seguí, Juan del Valle, Assumpta Calafat, Paco Sanz Pons, Joan Febrer «Sivineta», Pere Gomila, Llorenç Marquès, Indalecio Mateu, Paco Truyols, Turí Planells, Antoni «Malat»,Aina Moll, Paco Casero, Cándido Ripoll, Eusebi Riera, Juan Rodríguez Niebla, Ignasi Ribas, Valeriano Bozal, Antonio Elorza, Jordi Altarriba, Joan Guasch, Rafel Borràs, Marta Bizcarrondo, Pep Vílchez, Bep Portella, Joan Pons Alzina, Pere Comellas, Llorenç Pons Bosch, Jaume Mascaró, Maria Florit, Antoni Moll Marquès, Fela Pons, Mercé Orleans y tantos cientos de personas que siempre las llevo en mí memoria.
¿Por qué saco tantos nombres a relucir en mi artículo sobre la personalidad de Joan F. López Casasnovas? Porque mi objetivo es hablar de la personalidad de un intelectual que escucha y participa en la vida social, aprendiendo de la práctica, aportando su propio análisis y elaborando una estrategia cuya finalidad no es solo un partido, sino un movimiento amplio de defensa de la cultura, del territorio y del autogobierno dentro de una estructura de Estado federal.
Fueron muchas las conversaciones con Joan en las que éramos conscientes de que la hegemonía es cultural antes que coercitiva. Mostrábamos preocupación porque entendíamos que no podíamos derrotar ni enterrar el neoliberalismo que se iba imponiendo únicamente con protestas; era necesaria otra racionalidad organizada. Estas deliberaciones partían de Gramsci, siempre presente en los análisis de Joan, y por eso me decía que los movimientos son una condición necesaria, pero no suficiente. No podíamos quedarnos solo en la protesta: hacía falta organización, pensamiento y una práctica encarnada en lo colectivo.
Siempre he tenido presentes, al igual que otros compañeros, las aportaciones de Joan López. Para nosotros era un intelectual porque producía constantemente, tenía una gran capacidad de interpretación y comunicaba con un rigor excepcional. Los cientos de personas con las que se relacionó pueden dar fe de ello. No era uno de esos académicos o políticos figurantes, jarrones chinos decorativos, ni alguien que viviera en una torre de marfil. Su grandeza se sustentaba en no quedarse únicamente en el academismo, sino en participar en debates sociales, culturales y políticos, sin convertirse en un propagandista. Era una voz crítica frente a los gobiernos y frente a todos aquellos que concentran el poder e intentan eliminar derechos. Fuimos comprendiendo la importancia que él daba a enseñar a pensar y a contribuir a una sociedad más reflexiva, capaz de deliberar, disentir y, sobre todo, decidir.
¿Cuántas veces nos remitía a Gramsci? Así entendimos la fuerza que podía lograrse con la unión del mundo del trabajo y el de la cultura. De este modo comprendemos todo el trabajo que se desarrolló en una etapa clave de nuestra historia en Menorca.
Un compromiso tan nítido y profundo que llegó a incomodar a determinados sectores del PSM de Mallorca, los cuales, con la colaboración de algunos militantes nacionalistas menorquines, lograron apartarlo. Aquellos comportamientos le causaron un hondo dolor y lo sumieron en una etapa de desaliento. No obstante, tras un largo silencio por el poder mediático, volvió a incorporarse a las movilizaciones que marcaron los primeros veintidós años del siglo XXI, sin abandonar jamás la convicción de que la utopía, por lejana que pueda parecer, está siempre más cerca que el pasado.
Así podemos definir a Joan López: un intelectual cuya obra y cuyo compromiso cívico y político forman parte indeleble de nuestra historia más inmediata.
Gracias, Ángels. Hoy me he sentido un poco más cerca de la memoria de nuestro amigo y hermano Joan. Para comprender la profundidad de su trayectoria y de su compromiso resulta imprescindible situarlo en el entramado humano, cultural y político que forjó su identidad. Desde ahí, reconocemos y honramos su grandeza humana y cultural, que permanece viva en la memoria colectiva.