Estos días leía a Antonio Escohotado, y en sus mensajes insiste en que nunca hemos tenido tanto tiempo disponible y, sin embargo, nunca lo hemos desperdiciado de manera tan exagerada. Para él, el tiempo no es solo un recurso, sino una materia sagrada que define lo que somos y lo que llegaremos a ser. Retoma una enseñanza clásica atribuida a Sócrates: «El tiempo es lo más valioso que posee el ser humano porque es lo único que, una vez entregado, jamás se recupera». Muchas personas cuidan su dinero, decía, pero malgastan su tiempo sin advertir que es infinitamente más valioso.
Escohotado utiliza esa cita para mostrar la paradoja de nuestra época: vivimos diciendo que estamos «sin tiempo», pero regalamos fragmentos enteros de vida a distracciones que ni recordaremos al día siguiente. La pérdida de tiempo actual tiene una característica inédita: es inconsciente. No decidimos perderlo, simplemente se nos escurre de las manos sin darnos cuenta. Y somos menos libres de lo que creemos. Las plataformas digitales han convertido el ocio en consumo automático, robándonos minutos y horas sin oponer ninguna resistencia.
El ejemplo más evidente es «mirar un momento» el móvil. Ese instante se estira, se multiplica y absorbe la atención. Lo que iban a ser dos minutos se convierte en una hora sin memoria ni aprendizaje. A veces son los propios dispositivos los que nos avisan de que llevamos demasiado tiempo mirando la pantalla. El absurdo se ve con claridad en un lugar inesperado: el cuarto de baño. Hoy muchos jóvenes, y no tan jóvenes, pasan largos ratos sentados con el móvil, consumiendo vídeos y redes sociales. Lo que debería durar unos minutos se convierte en una sesión improductiva que, en ocasiones, llega a adormecer las piernas, provocando caídas e incluso fracturas (aunque parezca mentira, está documentado). Es el cuerpo desconectado porque la mente está secuestrada: el símbolo perfecto del tiempo perdido.
Cuando Sócrates hablaba del valor del tiempo, recordaba que la vida buena exige cuidarse, cultivar el pensamiento y la conversación. Preguntaba: «¿Cómo vives tu tiempo?». Y ahora Escohotado transforma esa pregunta en un grito contemporáneo: «¿En qué estás gastando tu vida realmente?». Mientras Sócrates caminaba por Atenas conversando, nosotros caminamos con la mirada inclinada hacia una pantalla. Donde él veía una oportunidad para aprender, nosotros vemos notificaciones diseñadas para dispersarnos.
Escohotado insiste en que no es un reproche moral, sino un aviso urgente: el tiempo que perdemos hoy es de peor calidad porque ni siquiera somos conscientes de perderlo. Y lo que hacemos con nuestro tiempo es, en esencia, lo que hacemos con nuestra vida. Si dejamos que el móvil, la inercia y el ruido ocupen nuestros huecos mentales, estaremos renunciando a la posibilidad de construirnos.
Deberíamos asignar a cada minuto un propósito y una presencia. No se trata de eliminar la tecnología, sino de recuperar la lucidez socrática preguntándonos, antes de deslizar el dedo, si ese gesto nos acerca o nos aleja de quienes realmente queremos ser. Porque, como recuerda Escohotado, siguiendo a Sócrates, el tiempo es la única posesión irrecuperable: el tiempo que se pierde, se pierde para siempre.