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Carta a Lucas

| Menorca |

Te escribo estas líneas porque no pude decirte todo lo que quería en la despedida de tu padre. Tampoco sé si lo habrías entendido todo y puede que estas palabras las encuentres, o no, o que lo hagas dentro de un tiempo cuando logres entender lo que fue y lo que hizo tu padre. Erik, fue un guerrero de la vida, un compañero de batallas con el que te irías a cualquier misión por descabellada, improbable e imposible que pareciera porque con él, ya tenías una gran parte de la batalla ganada.

Hubo un tiempo, tú eras muy pequeño aún, en el que te vimos crecer a medida que crecía el Menorca Rugby. Tu padre te traía para que aprendieras en vivo lo que significaba tremendo deporte, una oportunidad que me dio la vida y de la que estoy infinitamente agradecido. El rugby no te hace rico, pero te da la mayor riqueza de la vida, el compañerismo, la amistad y la camaradería con un grupo de personas que están dispuestas a partirse la cara por ti y por un maldito balón ovalado, del mismo modo que saben que tú lo vas a hacer por ellos. Y no porque haciéndolo muy bien, vayas a ganar el partido, sino porque dando lo mejor de ti, al acabar podrás sonreír orgulloso y le podrás sostener la mirada, el pulso y el abrazo a aquel que se ha deslomado por ti, por el equipo.

La vida te ha arrebatado a un buen padre, un buen amigo, un buen hombre demasiado pronto. Te ha privado de conocerlo como se va descubriendo a una persona a medida que vas creciendo y vas siendo más consciente del porqué de muchas cosas, de los sacrificios, de las decisiones.

Tu padre contagiaba optimismo y diversión. Y locura, de esa locura que tiñe de posible lo que en algún momento puede parecer imposible. Como, por ejemplo, que un equipo coja dos aviones para plantarse en Ibiza con muchos jugadores menos, pero convencidos de que hay una posibilidad de ganar. O de no perder. Y vaya si no perdimos.

El miércoles descubrí que tu padre también tenía poderes especiales, como un mago, porque en su última jugada logró reunir de nuevo a muchos compañeros de equipo. Regaló un rato breve con caras que la vida hace que las pierdas de vista pero que nunca las olvides. Y verlas más viejas, pero igual de fuertes y de decididas como lo estaban en el campo, como una especie de reunión de antiguos superhéroes. Acompañándote a ti, a tu familia y a tu padre hasta el principio de un viaje que nadie sabe dónde te lleva, pero del que no regresas.

Las despedidas duelen, lo sé con conocimiento de causa, pero quizás estas líneas te den algún consuelo en algún momento de tu vida. Y te recuerden el privilegio que fue para muchos tener a tu padre en nuestras vidas.

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