En Navidad --ya es tópico--, todo el mundo vuelve a casa, o al menos al concepto de casa, a lo que uno cree sus raíces, sus señas de identidad, los cimientos antediluvianos de su vida. Las familias se reúnen en las grandes capitales o en los pueblos pequeños, mínimos a menudo, en pisos heredados o en salones improvisados, pero siempre con la sensación de regresar al origen, al centro de la diana, a lo que una vez se consideró la razón de vivir en comunidad. Esta costumbre procede de tiempos ancestrales, cuando el solsticio de invierno exigía recogerse, encender fuego y compartir lo poco que se tenía, o tal vez lo mucho, puesto que siempre hubo quien logró vivir en prosperidad. Con el cristianismo, esa costumbre antigua se convirtió en relato sagrado y gran festividad de calendario, pero en el fondo sigue siendo lo mismo: volver a encontrarse, a recogerse, a compartir, a contarse andanzas no siempre reales, a menudo fantásticas como las luces con que se adornan las ciudades, llenas de despilfarro por unos días. Cada lugar del mundo ha creado su propia manera de celebrar el retorno. En buena parte de Europa los árboles de Navidad decoran la noche más larga del año. Papá Noel, con su abrigo rojo y sus barbas blancas, se encarga de repartir regalos; en España compite con los Reyes Magos, que en lugar de oro, incienso y mirra vienen cargados de juguetes y sonrisas. En América, Santa Claus se convierte en protagonista, viajero incansable que cruza continentes en una sola noche. En otros rincones del planeta surgen costumbres más exóticas: banquetes bajo el sol austral, linternas flotando en ríos asiáticos, máscaras y danzas que mezclan lo sagrado y lo festivo…
Este año, el viaje me llevó hasta Liverpool. La ciudad entera aparecía envuelta en adornos, como si el puerto, las calles y los escaparates hubieran decidido ponerse de acuerdo para brillar. En las esquinas había cantantes improvisados, como en todas las ciudades que se precien. El Club Cavern, que rememora el inicio de los Beatles, rebosaba de música a toda pastilla. Hacía mucho frío, pero la gente bailaba bajo la bóveda con el anorak puesto. Quienes subían a lo alto del autobús de dos pisos, bajaban a cobijarse en la primera parada, pese al calor de las canciones y de los recuerdos. Maravilla de maravillas: viajar a todas partes para descubrir que, en Navidad, todo el mundo es maravilla. Pero tal vez los mayores, con más pasado que futuro, viajamos también a base de nostalgia.