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Contigo mismo

Cuando la vida escribe un artículo

| Menorca |

Cuentan que, en cierta ocasión, le preguntaron a Alejandro Dumas de dónde obtenía su inspiración. A lo que el francés respondió: «Salgo a la calle». Como dirían los italianos: «se non è vero, è ben trovato» Igual ocurre con los artículos. En infinidad de ocasiones es la vida quien los elabora. Y, quien los firma, un mero y modesto instrumento de esta. A esa vida se debe el texto que ahora está usted leyendo y que pretende ser un modesto homenaje a esas personas anónimas, repletas de bondad y sabiduría, esas que, y aún sin saberlo, iluminan el mundo...

A.- En el autobús, en el último viaje de la jornada, hay pocos usuarios: una adolescente que parece agotada, una madre con dos niños, un anciano que cojea, una mujer, un ojeroso obrero, el conductor y tú. La lluvia que besuquea los cristales, el iterado sonido de los limpiaparabrisas y el silencio probablemente emanado del cansancio que iguala a todos los pasajeros, de izquierdas o de derechas, dibujan un óleo, entre triste y melancólico, ese que hubiera podido firmar Hopper, el pintor de la soledad. Cuando el vehículo pasa por el Hospital, el anciano, de pronto, se santigua y reza en voz baja un «Padrenuestro». La mujer, musulmana, creyendo que se trata de una chanza hacia su persona, increpa al compañero de ruta. El aludido, de manera serena, le aclara a la irritada señora que lo de santiguarse y rezar cuando pasa por un centro sanitario era algo que le habían inculcado, de niño, sus padres, como acto de solidaridad con los enfermos, tras lo cual invita a la mujer a que haga otro tanto, a que rece, en su caso, a Alá. Esa mujer, entonces, se aseda, probablemente porque no hay mejor remedio ante el odio que aclarar un mal entendido. Y, de pronto, observa con ternura al anciano a modo de disculpa, mientras susurra, en árabe, una oración… Hopper huye, el limpiaparabrisas cobra armonía y, a pesar de la que está cayendo, el autobús es, de repente, ya, otro… ¡Ojalá el mundo tuviera mucho de eso, de diálogo y comprensión! ¡Ojalá el mundo fuera algo parecido a ese autobús!

B.- Lloró el sábado. Lloró el domingo. Aunque fueron llantos distintos y contrapuestos. Lloró el sábado ante la detención de un dictador, Maduro y lloró de alegría. Soñó en poder volver a su tierra, soñó en el regreso a su país de un sistema democrático, soñó en una reconciliación real y duradera, soñó en esas cosas, simples, que le habían sido hurtadas, tan simples como residir donde nació, tener un trabajo y vivir, con los suyos, en paz. Con el fin de una dictadura.

Y lloró el domingo, de impotencia, cuando comprobó que el juego no iba de eso. Y lloró cuando le puso nombre a ese juego: petróleo. Y lloró cuando, como diría Serrat en su La instancia, constató que, efectivamente, el mundo estaba en manos de unos locos sin carné. Y lloró cuando recordó que a los chulos de barrio y a los matones, como Trump, los Derechos Humanos, la Justicia y la Democracia,    les importan un kínder. Y lloró cuando constató que, a esos psicópatas con poder, de un signo u otro, solo les interesan dos cosas: un yo y un «show me the money» ¿Nos podríamos amar de una puñetera vez?

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