La Real Academia Española y su Diccionario de la Lengua, en la versión electrónica, introduce anualmente sus novedades: voces y acepciones, también expresiones, que se contagian de otros idiomas, que provienen de la comunidad hispánica, de la terminología científica o tecnológica y, como no, del uso coloquial. Al acabar 2025 se incorporaron 330 novedades a esa «versión 23.8.1», previa a la publicación de la 24ª edición del Diccionario en 2026, y que ya están disponibles para su consulta en internet. Incluyen términos adaptados al castellano, como loguearse; algunos extranjerismos que aparecen directamente en cursiva como streaming, y otras palabras que proceden directamente del habla de la calle, lo más fascinante, porque muestra cómo el lenguaje se amolda y transforma, adaptándose a la realidad y a los tiempos. Algunas pudieron parecer vulgares en su origen, pero en cuanto la RAE las recoge, pasan a estar ‘aceptadas’. Chapar como sinónimo de cerrar un establecimiento; marcianada para designar un hecho raro o disparatado; eco como abreviatura coloquial de ecografía; farlopa como sinónimo de cocaína; otra que por estos lares ya teníamos normalizada, como turismofobia; del euroescepticismo la lengua da un paso más y llega a la eurofobia, quién nos lo iba a decir; y sin duda mi favorita, bocachancla, que el Diccionario define como bocazas. Qué maravillosa adaptación, tener la boca como ese calzado simple que es la chancla veraniega, donde los dedos, casi sueltos y a ras de suelo, se desparraman de tanta comodidad, como las palabras de un incontinente verbal. Antes solo se lidiaba con los bocachanclas allegados, o los de la barra de un bar, pero ahora la especie se extiende, es invasora, especialmente en internet.
No han faltado términos cuya incorporación por la RAE han causado polémica, como mena, el acrónimo de menor extranjero no acompañado, usado a veces en sentido despectivo, como señala el Diccionario. Y es que las palabras pretenden ser neutras pero el lenguaje, hoy día, es un campo minado.