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Una nueva era

Venezuela: el chavismo dócil

| Menorca |

Lejos de haber sido liberada, Venezuela parece haber sido redirigida. La caída de Maduro no ha traído consigo el fin de la dictadura, sino una mutación del poder. Delcy Rodríguez, figura clave del chavismo y responsable directa del encarcelamiento de más de 2.000 presos políticos, emerge como el nuevo rostro del régimen. No en nombre de la democracia, sino como engranaje útil en una reconfiguración internacional marcada por el interés petrolero.

La captura de Nicolás Maduro generó una reacción inmediata de esperanza. Muchos venezolanos creyeron estar presenciando el fin de los abusos, del hambre, de los racionamientos, del silencio impuesto a la prensa y del encarcelamiento por disentir. Pensaron que, por fin, regresarían la libertad, la institucionalidad y la vida digna. Pero esa ilusión se está diluyendo. Las elecciones del 28 de julio de 2024 no fueron ni libres ni justas: el gobierno aún controlaba todos los poderes y reprimía a la oposición. No ha habido una ruptura real, sino continuidad. El chavismo no ha caído. Se ha adaptado.

Desde que en enero de 1914 comenzase a operar Zumaque-1, el primer pozo petrolero, los venezolanos han sido conscientes de vivir sobre un cofre del tesoro: petróleo, gas natural, minerales preciosos y tierras raras. Durante el chavismo, este patrimonio ha sido gestionado mediante acuerdos con potencias como China, Rusia o Irán. En el nuevo-viejo orden mundial que persigue Donald Trump tras su regreso a la Casa Blanca, estos recursos cobran nuevo sentido. Como señala el profesor Juan Luis Manfredi (Universidad de Castilla-La Mancha), el subsuelo venezolano representa hoy un valor estratégico para Estados Unidos.

Delcy Rodríguez no ha llamado al pueblo a organizarse, a exigir justicia o a iniciar una transición real. Lo que ha ofrecido ha sido otra cosa: acuerdos. Ha prometido luchar contra el narcotráfico y garantizar la venta de petróleo. Todo a cambio de conservar el poder. En vez de desmontar el aparato que ha asfixiado a Venezuela durante décadas, lo ha reciclado con otro discurso y nuevos socios. La sintonía con Trump resulta, cuanto menos, inquietante.

Trump, tras la captura de Maduro, repitió la palabra petróleo más de veinte veces en su primer discurso. Pero no mencionó ni una sola vez la democracia, ni la libertad, ni el sufrimiento de millones de venezolanos que han emigrado o han sido víctimas de la represión. Su interés no es liberar al pueblo, sino dirigir hacia su país la industria petrolera más rica del continente. Para Trump, controlar Venezuela es controlar energía. Y para eso no necesita una democracia, sólo un régimen funcional, a su medida.

Creo que nos enfrentamos así a un fenómeno preocupante: el chavismo dócil. Una versión domesticada del autoritarismo, dispuesta a seguir pactando con potencias extranjeras mientras preserva su poder interno. Una estructura que se sostiene sin necesidad de votos limpios ni separación de poderes, pero ahora legitimada de forma artificial por    acuerdos geopolíticos.

El tablero es más grande. Rusia, China, Estados Unidos, Europa, el mundo árabe… todos juegan sus fichas en esta nueva configuración del poder. Pero las reglas están rotas. Y Venezuela, una vez más, queda atrapada en medio, convertida en pieza de cambio en una partida de ajedrez en la que    el pueblo sigue sin voz.

La verdadera liberación no vendrá por operaciones pactadas, ni tampoco de transiciones sin verdad ni justicia. Vendrá cuando los venezolanos puedan elegir sin miedo, cuando se restituyan los derechos y cuando los recursos del país dejen de ser botín de guerra y vuelvan a ser patrimonio de su gente. Y para ello queda un largo trecho.

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