En política, parece que todos buscan el favor del amo. No hay ni pudor ni dignidad. El servilismo se viste de gala y se aplaude en los platós de la tele. El escándalo de Julio Iglesias no debería ser una anécdota para algunos que dicen: déjenlo, tranquilo, con lo viejito que está. Es el síntoma de una sociedad que ridículamente prefiere el brillo de la fama al peso de la justicia. En medio del ruido, aparecen las siempre deplorables declaraciones de una persona que sufre continuamente una pérdida de sustancia gris, la reina de la fruta, Díaz Ayuso. Con su habitual ligereza lanza proclamas que insultan la inteligencia de aquellos que aún creen en la dignidad humana. Su retórica vacía es el eco de una gestión que prefiere la foto al bienestar de sus ciudadanos, reduciendo lo que debería ser el ejercicio de la política a un cutre eslogan de mal gusto. Pero este tipo de esperpentos también cruzan el charco para encontrarse con el afán de esa premio Nobel, María Corina Machado, una figura que, en su ansia de poder, se arrodilla ante el salvador del mundo, el Pato Donald. Se trata de un peloteo elevado a la estrategia de Estado, una entrega absoluta al que ve en Latinoamérica un simple tablero para sus propios intereses. No hay rubor en pedir la intervención, en clamar por el castigo a su propio pueblo, siempre que el amo, el amigo de pedófilos, le conceda una mirada de aprobación o un cachete en el lomo como a un chucho. El mismo proceder servil que exhibe Abascal, uno de los más sumisos ante el Pato Donald. Es complicado mantener la fe en la paz cuando aquellos que portan una medalla o lo que sea piden invadir su propio país o bombardean siete naciones en un solo año sin parpadear. Se trata únicamente del olvido total de la dignidad humana. Es hora de apagar la tele, dejar de aplaudir a bufones y exigir verdad.
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